El documento tardará unos segundos en cargarse. Espere, por favor.
Valeria Aragón, experta en IA pedagógica: «El s...
Tienda
Ocultar / Mostrar comentarios

Valeria Aragón, experta en IA pedagógica: «El sistema educativo actual apaga la curiosidad del niño: lo llamo "educastración"»

  • 7-1-2026 | N. García
  • Valeria Aragón, especialista en IA pedagógica y vicepresidenta de AIACLM, propone en su obra "Educar rompiendo el molde" un cambio de paradigma educativo urgente, basado en la crítica a la "educastración" del sistema tradicional, un proceso que ahoga la autenticidad y la curiosidad infantil en aras de la rigidez curricular. Su metodología, el Método 7 colores, ofrece un mapa integral para desarrollar las habilidades humanas esenciales (Identidad, Propósito, Creatividad, Inteligencia Emocional) que son la base irremplazable frente a la automatización. Aragón desmantela la "cultura del esfuerzo ciego", sustituyéndola por el compromiso basado en el valor y el sentido, y redefine el error no como un juicio de identidad, sino como una herramienta de aprendizaje y crecimiento.
Portada

Valeria Aragón se ha consolidado como una de las voces más relevantes en la transformación educativa en el panorama hispano. Con una trayectoria que trasciende las metodologías tradicionales, Aragón se especializa en la confluencia estratégica de la Inteligencia Artificial (IA) pedagógica y el desarrollo de las habilidades humanas esenciales, una dicotomía que define el futuro del aprendizaje.

Su experiencia se cristaliza en la autoría de "Educar rompiendo el molde" (Plataforma Editorial, 2025), una obra que sirve como manifiesto de su visión: la necesidad de un modelo educativo que prepare a los individuos no solo para interactuar con la tecnología, sino para prosperar en la era de la automatización a través de la creatividad, el pensamiento crítico y la inteligencia emocional.

Aragón es la mente detrás de Eleva, un ecosistema educativo que rompe barreras de edad, diseñando experiencias de "aprender a aprender" dirigidas a un amplio espectro, desde los 5 hasta los 105 años. Este enfoque subraya su convicción de que el desarrollo del potencial individual es un proceso vitalicio y adaptable.

En el ámbito institucional, su rol como vicepresidenta de AIACLM (Asociación de Inteligencia Artificial de Castilla-La Mancha) la sitúa en la vanguardia de la aplicación práctica y ética de la IA, promoviendo su uso como herramienta de apoyo y personalización, no como mero sustituto del componente humano. Su perfil, por tanto, no se limita a la teoría; es una arquitecta de sistemas educativos que integra la eficiencia algorítmica con la profundidad del desarrollo personal, ofreciendo una ruta analítica y práctica para desarrollar el potencial humano en un mundo cada vez más mediado por la tecnología.

En esta entrevista Aragón desvela una visión coherente y urgente sobre la necesidad de rehumanizar la educación frente a la marea de la automatización. Su discurso se articula sobre tres pilares fundamentales: la crítica al sistema actual ("educastración"), la propuesta de un modelo integral (Método 7 colores) y la cautela estratégica en la integración de la Inteligencia Artificial. Además, ve el potencial de la Inteligencia Artificial para ofrecer una mentorización personalizada ante la alta ratio en las aulas. Sin embargo, advierte del gran riesgo de la delegación cognitiva: si la máquina hace el trabajo de síntesis y pensamiento, se atrofian las funciones cognitivas superiores del alumno. El futuro no pertenece al más inteligente, sino al "más aprendiente", cuya sabiduría, forjada en la experiencia y el vínculo humano, resulta irremplazable por cualquier algoritmo.

«El término educastración hace referencia al proceso —a menudo invisible, pero profundamente arraigado— mediante el cual el sistema educativo apaga la curiosidad, la autenticidad y la conexión emocional innata de los niños»

Usted menciona el concepto de "educastración". ¿Podría describir cómo se manifiesta este proceso en el sistema educativo actual y cuál es el primer paso para que padres y docentes comiencen a "romper el molde"?

El término educastración hace referencia al proceso —a menudo invisible, pero profundamente arraigado— mediante el cual el sistema educativo apaga la curiosidad, la autenticidad y la conexión emocional innata de los niños. No se trata de una mala intención, sino de una consecuencia del modo en que está estructurado el sistema: centrado rígidamente en el cumplimiento de temarios, el seguimiento de libros de texto y unas evaluaciones enfocadas más en el resultado que en el proceso formativo.

Este fenómeno también se manifiesta en la forma de acompañar del adulto, que tiende a intervenir en exceso antes de dejar espacio para la observación y la reflexión del niño desde sus propios recursos. Lo vemos en la gestión de los conflictos en los patios, donde a menudo se minimizan o se reprimen las emociones reales que emergen en la convivencia, en nombre de una supuesta cultura de la razón y la lógica. También se refleja en la aplicación de las normas: el adulto actúa más como un vigilante que impone, que como un aliado que enseña a convivir.

Y se hace especialmente evidente en una sociedad que sigue juzgando los comportamientos infantiles, etiquetando y generalizando acciones puntuales como si definieran la identidad del niño. Se ve cuando el amor se vuelve condicional, sujeto a que el niño haga "lo correcto", con la amenaza implícita de una retirada emocional: "Si no haces esto, me enfado contigo", abriendo un abismo afectivo que el niño no sabe ni puede sostener.

El resultado es claro: los niños, poco a poco, se van desconectando de sí mismos para adaptarse a expectativas externas. Dejan de preguntar para comenzar a responder lo que se espera; dejan de crear lo que les nace de dentro para cumplir con lo que se exige desde fuera; dejan de emocionarse abiertamente por miedo a ser señalados, excluidos o ridiculizados. En vez de ver florecer su potencial, vemos cómo se amoldan al molde impuesto.

Romper ese molde no exige una revolución desde fuera, sino una transformación consciente desde dentro. Y el primer paso lo pueden dar tanto docentes como familias al dejar de preguntarse "¿qué debo enseñar?" para empezar a preguntarse: "¿he creado un espacio seguro para que este niño pueda aprender y expresarse plenamente?". Es volver a hacer preguntas antes que dar respuestas cerradas. Es conectar antes que corregir. Es comprender lo que tiene sentido para el niño, desde el mundo del niño, antes que imponer una lógica adulta.

Los educadores que están rompiendo el molde no renuncian a poner límites, pero lo hacen desde la conexión y el respeto a su distintividad. Aseguran el apego seguro, cultivan la autonomía de pensamiento crítico y convierten el error en parte del proceso de aprendizaje a aprender. Son adultos que comprenden que educar no es moldear, sino acompañar el despliegue de lo que ya habita en cada niño.

De las siete áreas que componen el Método 7 Colores (Identidad, Inteligencia Emocional, Creatividad, Talento, Acción, Bienestar y Propósito), ¿cuál considera que es la más descuidada por la educación tradicional y por qué es vital recuperarla?

Sinceramente, no puedo elegir solo una. No veo de una grieta aislada, sino de un sistema perforado por ausencias fundamentales."El Método 7 Colores nació precisamente para atender las carencias estructurales que detecté en el sistema educativo desde 2008, y que —con excepciones maravillosas — siguen vigentes hoy.

Rara vez te encuentras con un maestro o un padre que comprenda el proceso profundo de construcción de la identidad de un niño, y cómo acompañarlo para que pueda desprenderse de etiquetas que muchas veces han sido colocadas, por los propios adultos de referencia. Las emociones se mencionan, sí, pero se intelectualizan. No se enseña a habitarlas en el cuerpo, a regularlas con herramientas como la respiración o la atención.

La creatividad se sigue confundiendo con lo artístico, cuando en realidad hablamos de flexibilidad cognitiva, de conectar puntos no obvios, de entrenar la mente para pensar diferente. El talento, por su parte, no se identifica ni se cultiva; muchos niños crecen sin saber en qué brillan. Y hablar de propósito o de sentido sigue pareciendo algo lejano o filosófico, cuando en realidad hoy es urgente: hay adolescentes que no encuentran sentido a lo que viven cada día, ni al hecho de ir al instituto, y eso está directamente relacionado con los crecientes índices de sufrimiento psíquico, desconexión vital y, en los casos más extremos, suicidio.

Cada área del método cubre un vacío esencial. Pero lo que antes era importante, hoy es vital. Con la llegada de la Inteligencia Artificial, muchas profesiones —sobre todo las basadas en el conocimiento— están siendo automatizadas. Y lo que queda, lo que realmente va a marcar la diferencia, son las habilidades humanas: las mal llamadas "blandas", pero que en realidad son profundamente son las que nos dan la solidez.

Estas áreas —Identidad, Creatividad, Propósito, Inteligencia Emocional…— no son un "extra". Son lo que permite a una persona trabajar en equipo, inspirar, conectar, pensar críticamente, ser resiliente. En definitiva, son lo que nos capacita para vivir en un mundo hiper cambiante.

Por eso, enseñar estas áreas no es sólo una opción pedagógica: es una forma de proteger a nuestros hijos. De ofrecerles las herramientas para aprender a aprender —y a vivir— de manera solvente, en un mundo que cambia más rápido que nunca.

«La clave está en dejar de ver estas habilidades como contenidos que hay que "meter con calzador" en un horario ya sobrecargado»

En el sistema educativo, a menudo hay una presión por cubrir temarios extensos. ¿Cómo puede el docente integrar y priorizar las habilidades del Método 7 Colores (como la Creatividad y la Inteligencia Emocional) sin sentir que está sacrificando el contenido académico esencial?

La clave está en dejar de ver estas habilidades como contenidos que hay que "meter con calzador" en un horario ya sobrecargado. No se trata de añadir una sesión de inteligencia emocional los lunes de 10 a 11 y luego olvidarnos de ella el resto de la semana. Las áreas del Método 7 Colores no son asignaturas, son dimensiones transversales de la experiencia educativa. Son formas de estar y de acompañar.

Un docente que ha integrado en sí mismo estas habilidades no las fuerza dentro del temario: tiñe el temario con ellas. Es un cambio de mirada, un giro profundo. Puedes enseñar Lengua fomentando la creatividad narrativa o gestionando los bloqueos que surgen ante una hoja en blanco. Puedes enseñar Ciencias desde el asombro, el pensamiento divergente y la conexión con lo que se vive en el cuerpo. Puedes observar lo que pasa cuando un niño borra con rabia su hoja ante un error o cuando otro se paraliza al salir a la pizarra: ahí está la oportunidad para integrar inteligencia emocional… si tienes las habilidades integradas en ti como adulto.

Cuando el educador ha hecho ese trabajo interno, estas competencias no se ven como una carga añadida, ¡sino como un alivio! cambian el clima de la clase, y son la base que da sentido al aprendizaje. Desde ahí, diseñar una actividad, una dinámica de grupo o incluso la función de Navidad, se convierte en una oportunidad para activar identidad, propósito, regulación emocional o expresión creativa.

No se trata de restar al contenido académico, sino de dotarlo de humanidad y profundidad. Las habilidades del método no compiten con el currículo: lo enriquecen, lo contextualizan, lo vuelven significativo.

El Propósito es uno de los 7 colores. Para un niño de 8 años, el concepto de propósito puede sonar abstracto. ¿Cómo se aterriza este pilar en la infancia y la adolescencia? Y para los adultos (hasta 105 años), ¿cómo les ayuda Eleva a redescubrir o actualizar su propósito en la etapa tardía de la vida?

La infancia abarca una horquilla muy amplia, así que no hablaría de propósito a un niño de tercero de Infantil. Tiene más sentido empezar a trabajarlo al final de Primaria o, sobre todo, en la adolescencia. Pero lo que sí podemos —y debemos— trabajar desde muy pequeños es el sentido.

Y aquí es importante aclarar algo que en el Método 7 Colores tenemos muy claro: mi sentido de la vida va hacia dentro; el propósito es hacia fuera, es cómo se materializa ese sentido. O, como recogemos en nuestros materiales: el sentido se siente, el propósito se expresa.

Desde muy pequeños podemos hacerles preguntas como: "¿Por qué sí tiene sentido lo que has hecho?", que es una de las más potentes del método. Cuando un niño actúa de una manera que no esperamos, en lugar de juzgarlo, podemos preguntarle: "Tiene que haber una buena razón… Cuéntame, quiero comprender". Esto les enseña a mirar hacia dentro, a conectar con la intención, con él para qué de sus acciones. No es justificar lo que han hecho, es descubrir el sentido detrás de su conducta. Y también podemos hablarles del sentido de las decisiones de otros: el sentido de una norma que pone papá, el sentido por el que un amigo hoy te dice que no quiere jugar, el sentido de una crítica de una compañera… Todo eso les ayuda a comprender mejor el mundo.

Y cuando ese trabajo de conexión con el sentido se va consolidando —cuando ya no actuamos solo por lo que "toca", sino por lo que tiene sentido para mí—, entonces empieza a emerger el propósito. Es el momento en que el niño o el adolescente quiere expresar hacia fuera algo que le importa profundamente.

Y esto no acaba con la adolescencia. En Eleva trabajamos con personas adultas, muchas de ellas en transición, que buscan reconectar con su propósito, a veces después de décadas haciendo algo que ya no les llena. Personas que, sin dejar su trabajo, quieren resignificarlo; personas que quieren darle a su vida un sentido más humano. Porque esto no tiene edad.

Lo que hacemos es quitar todo lo que estorba: las capas de educastración, de rigidez, de condicionamientos que reprimen el potencial. Y cuando eso cae, el propósito emerge. Aparece la ilusión, la vocación de servicio, la fuerza del talento. Y desde ahí… ocurre lo más bonito: vivir con sentido.

«Cuando entendemos que la inteligencia puede desarrollarse, que el aprendizaje es un proceso y no un diagnóstico, aparece una nueva forma de mirar el error: no como un juicio sobre la persona, sino como una oportunidad para explorar, ajustar y crecer»

¿Cómo podemos reconfigurar la percepción del error en casa y en el aula para que deje de ser un motivo de castigo o vergüenza y se convierta en una auténtica herramienta de comprensión y aprendizaje?

Esta pregunta conecta directamente con el trabajo de Carol Dweck sobre la mentalidad fija y la mentalidad de crecimiento. Cuando un niño —o un adulto— cree que su inteligencia viene predeterminada, cualquier error se convierte en una amenaza a su identidad. Si algo no se le da bien, interpreta que es la prueba irrefutable de que "no es suficientemente inteligente" o incluso que "no vale". Y esto no solo genera frustración en el niño; también en el adulto que lo acompaña.

Un padre con mentalidad fija sufre mucho cuando su hijo comete errores. Vive los fallos como un reflejo de incapacidad, o miedo a que no desarrolle la que tiene y eso tensa la relación. No es solo que se vuelva difícil educar desde ahí; es que la calidad de la conexión entre ambos se resiente profundamente.

En cambio, cuando entendemos que la inteligencia puede desarrollarse, que el aprendizaje es un proceso y no un diagnóstico, aparece una nueva forma de mirar el error: no como un juicio sobre la persona, sino como una oportunidad para explorar, ajustar y crecer. Y ahí ocurre algo fundamental: separamos el valor de la persona del valor de sus resultados. Y eso cambia todo.

Muchos niños hoy todavía piensan que una nota baja significa que no son listos. Pero esa es una confusión grave entre el resultado del proceso de enseñanza-aprendizaje y la valía. Por eso, desde el Método 7 Colores, hablamos mucho del "aún": no es que "no sepas hacerlo", es que aún no he sabido explicarlo como tú lo aprendes, o simplemente aún no lo dominas. Ese "aún" abre una puerta a la esperanza, a la perseverancia y al desarrollo real, sin contar que devuelve la responsabilidad a quien la tiene en gran medida, al maestro.

Aprender a aprender implica hacer foco en el proceso del propio aprendizaje, no en el resultado. Significa hacer preguntas metacognitivas: ¿qué estrategias usaste?, ¿por qué crees que esto no funcionó?, ¿cómo podrías hacerlo distinto? Significa entender que equivocarse no te hace menos, sino más humASNO, como siempre digo con humor. Pero siempre completamente valioso.

Y lo más importante: este cambio no empieza en el niño. Empieza en el adulto. Un padre, una madre, un docente con mentalidad de crecimiento no corrige solo el error, sino que acompaña el proceso. No se queda en el fallo, sino que guía hacia la reflexión. No etiqueta, sino que observa con curiosidad. Y desde ahí, el error deja de ser una amenaza… para convertirse en el mejor maestro.

Usted ha señalado que "Todo lo que hago por mi hijo, cuando él lo puede hacer por sí mismo, es como decirle: tú no vales". ¿Cuál es el límite práctico que deben fijar los padres para fomentar la autonomía sin caer en la negligencia?

El límite es claro: cuando el niño ya puede hacerlo por sí mismo. Pero quiero ir un poco más allá, porque esta frase —aunque potente— puede sonar muy dura si se interpreta de forma rígida.

Una cosa es no ver que nuestro hijo ya está preparado para asumir ciertas cuotas de autonomía, y seguir haciendo por él lo que podría empezar a hacer solo. Ahí sí estamos sobreprotegiendo, limitando su desarrollo y mandándole un mensaje sutil —pero constante— de que "tú no puedes sin mí".

Pero eso es muy distinto a lo que podríamos llamar la complacencia consciente. Hay momentos, como madre, en los que quiero hacer cosas por mi hijo, aunque sé que él ya puede hacerlas. Porque ese acto tiene sentido para mí. Porque en ese instante concreto, no lo estoy anulando, lo estoy cuidando. Y eso también es valioso.

No se trata de caer en extremos. Ni en la sobreprotección que infantiliza, ni en una autonomía forzada que adelanta etapas por miedo a la dependencia. A veces, por ansiedad, queremos que los niños sean autosuficientes demasiado pronto. Hace poco, por ejemplo, una madre me decía que quería que su hija de cinco años respondiera con seguridad cuando en el patio le decían "tú no juegas". Le pedía que ignorara o que se defendiera con argumentos firmes… pero su hija aún no estaba ahí. Estaba en otra etapa emocional.

Por eso, el equilibrio no está en una receta, sino en la observación sensible. En dejar de preguntarnos "¿a qué edad debe hacerlo?" y empezar a mirar "¿está preparado ya?". Acompañar la autonomía es observar con respeto, sin acelerar ni frenar artificialmente.

Y sí, ser complacientes a veces también es parte de vivir en familia. Es bonito, es placentero, y también enseña. Ellos aprenden a devolver esa complacencia desde el amor, no como una exigencia. Lo importante es que quede claro que, si hoy lo hago por ti, no significa que mañana será siempre mi responsabilidad. Sino que hoy, hacerlo tiene sentido para los dos.

Eleva diseña experiencias para "aprender a aprender". En un mundo donde la información es inmediata, ¿qué implica exactamente esta habilidad para una persona de 5 años y qué implica para una de 105?

Me encanta esta pregunta. Creo que es la primera vez que me la hacen y te lo agradezco mucho.

Aprender a aprender significa darte cuenta de cómo aprendes tú, que no siempre coincide con cómo te enseñan. Es desarrollar un aprendizaje autodirigido: observar tus propios procesos, ajustar lo que no funciona y potenciar lo que sí. Esa capacidad empieza mucho antes de que podamos ponerle palabras.

En Infantil, por ejemplo, no hay metacognición como tal. Los niños pequeños no reflexionan sobre cómo aprenden, pero sí están aprendiendo a aprender si les damos el espacio. Montessori lo entendió muy bien: sus materiales estaban diseñados para autocorregirse. Si intentabas guardar una muñeca rusa grande dentro de una más pequeña, simplemente no encajaba. El error te devolvía información sin necesidad de que interviniera un adulto. Ahí empieza todo.

Por eso, en esta etapa es clave no interrumpir en exceso. Cuando un adulto enseña demasiado pronto o corrige todo el tiempo, los cimientos de esta habilidad se debilitan. Lo más valioso es permitirles descubrir por sí mismos, aunque aún no puedan explicarlo.

Con el tiempo, ya en Primaria y más adelante, los niños pueden empezar a responder preguntas metacognitivas: "¿cómo tomaste esta decisión?", "¿qué hiciste diferente esta vez?". Cuando un niño empieza a observar su propio proceso y es capaz de cuestionarlo, ahí nace realmente su autonomía como aprendiz. Se convierte en un agente activo del aprendizaje, no en alguien que espera pasivamente que le enseñen.

Y esto vale para todas las edades. En la tercera edad, seguimos aprendiendo… Pero por desgracia, muchas personas adultas arrastran creencias rígidas sobre lo que se les da bien o mal, la edad adecuada para aprender, y no se han preguntado nunca cómo aprenden. En Eleva, por ejemplo, trabajamos romper todo ese tipo de creencias desde una mentalidad mentalidad de crecimiento, usamos una gran diversidad de herramientas y estrategias que les sacan de lo conocido para que puedan descubrir sus preferencias, nuevos procesos y su infinito potencial.

Pero ojo, no es solo una cuestión académica. Es aprender sobre ti mismo. Darse cuenta de lo que necesitas cuando estás cansado o emocionalmente cargado. Saber parar, salir del querer saber ya, ya, ya... Saber cuándo tu mente necesita divagar, o cuándo necesita escribir para integrar lo aprendido. Aprender a no identificarte con tu diálogo mental. Aprender qué te regula. Aprender a vivir como un curioso empedernido.

Y esa habilidad —la de aprender a aprender— no solo te hace más autónomo: te hace más libre. Porque si sabes aprender, puedes adaptarte. Puedes crecer. Puedes volver a empezar. A cualquier edad.

Dado que Eleva abarca edades de 5 a 105 años, ¿qué papel juega el aprendizaje intergeneracional en su metodología? ¿Existen dinámicas donde el joven enseña al adulto sobre la IA y el adulto enseña al joven sobre la vida, y cómo beneficia esto a la meta de "romper el molde"?

En Eleva, lo intergeneracional y la diversidad son inevitables. Y eso lo hace tan maravilloso.

Este mismo fin de semana, en un Practitioner de PNL, teníamos desde un alumno de 20 años hasta una alumna de 63, compartiendo el mismo espacio formativo. Y no solo eso: también había profesores, ingenieros, trabajadores sociales, abogados… personas de diferentes culturas, orientaciones sexuales, trayectorias vitales. Y ahí estaban todos, haciéndose preguntas, practicando juntos, aportando cada uno su fortaleza a la debilidad permitida del otro.

Y eso ocurre porque creamos un espacio seguro. Cuando ese espacio existe, se da algo muy especial: una convivencia donde la diversidad no fragmenta, sino que enriquece. Aparece la complementariedad humana en estado puro.

Este cruce de generaciones y miradas no solo permite reconocer nuestras diferencias, sino también todo lo que nos une. En ese compartir, el joven puede enseñar al adulto nuevas formas de pensar, de mirar, de adaptarse al cambio. Y el adulto puede enseñar al joven a sostener procesos emocionales, a darle sentido a lo vivido, a mirar la vida con mayor perspectiva.

Además, entre ellos se comparten estrategias reales de aprendizaje, herramientas prácticas, maneras distintas de afrontar desafíos. Todo desde la experiencia, no desde la teoría.

Y eso transforma. Porque romper el molde no es solo innovar, es también abrir el corazón a lo que el otro —desde su edad, su camino, su historia— tiene para aportar. Y como siempre dicen los alumnos: "Qué gusto tener este espacio seguro, qué suerte haber encontrado mi tribu", es algo de lo que me enorgullezco y que es parte de la mirada humanista de la escuela.

¿Qué diferencia al coaching educativo que promueve Eleva de otras metodologías o terapias psicológicas, y por qué es el enfoque más adecuado para desarrollar el potencial a lo largo de toda la vida?

No puedo decir que el enfoque de Eleva sea "el más adecuado" sin conocer en profundidad todas las metodologías existentes. Para mi se trata de mostrar cómo trabajamos nosotros y dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.

Dicho esto, sí puedo decir que el coaching educativo que promovemos en Eleva se diferencia con respecto a lo que conozco, claramente por varios aspectos fundamentales.

Lo primero es que, por desgracia, el coaching —en general— ha caído en muchos contextos en una cierta farándula motivacional. Un enfoque superficial, sin base, que ha generado desconfianza y ha hecho un flaco favor a esta disciplina. La falta de regulación en países como España ha contribuido a esta confusión, permitiendo que casi "todo valga". Pero la verdad es que no todo vale.

En Eleva, desde el principio, apostamos por un coaching ético, riguroso y ecológico. ¿Qué significa esto? Que toda intervención respeta profundamente la integridad de la persona y el impacto que tiene en los sistemas a los que pertenece —la familia, la escuela, su entorno social—. Por siempre hemos estado estamos certificados internacionalmente por la ICF (International Coaching Federation), que establece un marco ético claro, separa el coaching del ámbito terapéutico, y marca buenas prácticas con responsabilidad.

Además, estoy profundamente comprometida con la base académica y científica del enfoque. Mi diversa formación humanista, mi posgrado en educación personalizada, y actualmente mi doctorado en Educación, sostienen cada material, cada sesión y cada herramienta del método. No hay nada improvisado, ni mensajes vacíos de "positividad tóxica". Todo lo que hacemos está nutrido por modelos sólidos: desde el apego seguro hasta la motivación intrínseca, desde la logoterapia al pensamiento sistémico.

Cuando empecé en 2008 en España, me di cuenta de algo importante: no existía un enfoque de coaching educativo centrado en los niños. Lo que se llamaba "coaching educativo" solía aplicarse a los adultos del sistema —docentes, directores, equipos—, pero no había un método diseñado específicamente para acompañar el desarrollo integral infantil y adolescente, desde una mirada profundamente humanista.

El Método 7 colores nació para llenar ese vacío. Y hoy, aunque existen más propuestas, seguimos siendo de los pocos métodos, si no lo únicos que integran con profundidad las siete dimensiones del ser humano —identidad, inteligencia emocional, creatividad, talento, acción, bienestar y propósito— con una estructura pedagógica y una base científica.

Otra diferencia clave es nuestra dimensión práctica. No nos quedamos en las teorías. Traducimos cada concepto en herramientas accesibles, metáforas visuales, cuentos, dinámicas con Playmobil o técnicas proyectivas que permiten que los niños se conecten de verdad con lo que viven y aprendan de ellos mismos. Ellos quieren que el método llegue a sus aulas. Y eso dice mucho. Porque lo reconocen como un espacio donde por fin pueden ser ellos mismos.

En un mundo que con demasiada frecuencia ha olvidado lo que es la etapa vital en la que están, el método es una ventana de autenticidad, de pertenencia y de crecimiento. Y para mí, eso sí que marca la diferencia.

«Decir "al menos te has esforzado" es sin duda bienintencionado, pero en la práctica no le prepara para la vida real. No conozco ningún jefe que premie a un adulto solo porque "se ha esforzado", si el trabajo no ha salido»

Ha diferenciado entre "esforzarse" y "ver el valor" para comprometerse. ¿Cómo se traduce esto en la práctica? ¿Significa que no hay que enseñar a los niños la cultura del esfuerzo?

Sí, absolutamente. No hay que enseñar a los niños la cultura del esfuerzo. Y sé que esto remueve, pero igualmente es importante soltar la idea del esfuerzo, me explico:

Cuando hablamos de "esforzarse", lo que ocurre —tanto en niños como en adultos— es que se desconectan de sí mismos. Se centran únicamente en la idea de lo que quieren conseguir, el objetivo, un resultado, y se imponen llegar sí o sí, haciendo fuerza, sin tener en cuenta cómo se sienten, qué señales les da su cuerpo, sin incluir las circunstancias, o si el proceso les está cuidando. Es habitualmente exigencia sin ecología, sin cuidar de la integridad.

Por eso vemos a tantos adolescentes con ansiedad, con insomnio, con crisis en épocas de exámenes como la PAU y no por ello tienen mejores resultados, más bien los empeora. Y por eso también vemos emprendedores que se han esforzado durante años en un proyecto, poniendo al límite su descanso, sus mínimos… y aún así no sale adelante. Porque el esfuerzo, por sí solo, no garantiza el éxito. Eso es un mito que da una idea equivocada de cómo funciona la vida.

Para un padre, cuando su hijo se esfuerza y no consigue el resultado esperado, no saben qué hacer con esa emoción de frustración o tristeza. Y para animarlo, le dicen: "Bueno, al menos te has esforzado". Pero eso no calma. Porque lo que el niño necesita no es un distractor para minimizar su dolor, sino que le ayuden a validarlo, a comprenderlo, y a revisar qué no ha funcionado y como sí hacerlo la próxima vez. Es ahí donde se aprende.

Decir "al menos te has esforzado" es sin duda bienintencionado, pero en la práctica no le prepara para la vida real. No conozco ningún jefe que premie a un adulto solo porque "se ha esforzado", si el trabajo no ha salido. Y aunque evidentemente el mundo adulto y el infantil son distintos, ese tipo de frases muchas veces tapan en lugar de ayudar a aprender a aprender.

Ahora bien, esto no significa caer en la comodidad, ni en la vagancia, ni en una complacencia extrema. Todo lo contrario.

En el Método 7 colores, trabajamos áreas como acción y objetivo, identidad, inteligencia emocional, bienestar o propósito, que están completamente relacionadas con la versión saludable de lo que se suele llamar esfuerzo. Es decir, a los niños no se les pide "que se esfuercen", se les acompaña a conectar con el valor de lo que están haciendo.

Se les enseña a comprometerse cuando entienden el para qué. A buscar calidad en su trabajo. A valorar la investigación, el gusto por los detalles. A aprender cuándo es momento de dar más y cuándo basta con optimizar los tiempos para no caer en el perfeccionismo inútil.

No se trata de esfuerzo ciego. Se trata de compromiso y valores.

Como vicepresidenta de AIACLM y especialista, ¿cuál es el potencial transformador más inmediato de la Inteligencia Artificial en el sector educativo, y dónde reside el mayor peligro si se implementa sin una guía pedagógica clara?

De todos los modelos educativos estudiados a lo largo de la historia, hay uno que ha demostrado ser especialmente eficaz: la mentorización personalizada. En un contexto como el actual, donde las ratios por aula son muy elevadas y la diversidad del alumnado es inmensa, la Inteligencia Artificial puede ofrecer algo realmente valioso: un acompañamiento personalizado en ciertas áreas del proceso enseñanza aprendizaje. Y eso, bien orientado, es una oportunidad.

Por eso mismo, estoy desarrollando una guía pedagógica y ética que permita utilizar la IA para fomentar el aprendizaje autodirigido, y no simplemente para obtener respuestas. Porque el verdadero riesgo está ahí: en delegar el pensamiento.

El gran peligro de implementar la IA sin una guía pedagógica clara es la delegación cognitiva. Cuando todo te lo da una máquina —ya resumido, ya organizado, ya masticado— se terceriza la observación y el pensamiento, se pierde la oportunidad de activar funciones cognitivas superiores esenciales: sintetizar, comparar, asociar, inferir, crear… procesos con carga germane que construyen un aprendizaje significativo y que, si no se ejercitan, se atrofian. Es fácil caer tras leer una respuesta de chat gpt, "ah, yo ya lo sé" cuando en realidad no lo has integrado.

Estudios del MIT han demostrado que cuando la IA hace ese trabajo por nosotros, ni se recuerda con claridad ni se reconoce como propio. Y eso no solo afecta al aprendizaje, sino también a la identidad: a no vernos reflejados en aquello que hacemos.

Además, la IA actual está diseñada para agradar y complacer, imitando una conexión ficticia. Siempre te responde validando tus emociones, diciéndote que lo haces genial, evitando la confrontación incluso cuando cometes errores. ¿Y qué ocurre? Entre otros muchos problemas, que algunos niños prefieren interactuar con una IA antes que con otros niños. Ya me lo han dicho: "Quiero tener un amigo de IA porque así no tengo problemas". Pero la vida real sí implica conflicto, negociación, frustración, emociones complejas. Y si no se entrenan en lo humano, no se preparan para la vida.

Y sí, un profesor humano tiene sus límites. Un docente puede tener un mal día, no explicar bien, no estar actualizado en técnicas pedagógicas, perder la paciencia, etiqueta… Eso es real. Pero nuestros hijos también son humanos, y tienen que aprender a convivir con la complejidad humana, porque a ellos también les habita.

Otro riesgo preocupante es la antropomorfización de la IA: ese "me alegra que te guste", "estoy aquí para lo que necesites", "te comprendo"… puede generar confusión, sobre todo en la infancia. Porque la IA no siente, no tiene conciencia, no puede acompañar desde una mirada humana real. Y si no somos conscientes de eso, corremos el riesgo de sustituir —poco a poco y por comodidad— lo que más necesitamos proteger: el vínculo humano, pero también competencias que nos hacen autónomos e independientes.

Y no olvidemos que la mayoría de estas IAs no están diseñadas para cuidar a la infancia ni al sistema educativo. Están diseñadas con fines económicos, para captar atención, fidelizar y escalar. Si realmente les preocupara el desarrollo infantil, o el aprendizaje estaríamos viendo otro tipo de estrategias, otra ética en los modelos que se llevan a colegios y universidades.

Todo esto me preocupa, y me ha llevado a impulsar un proyecto tan ambicioso como urgente: crear una IA pedagógica que no dé las respuestas, sino que enseñe a hacerse buenas preguntas. Que fomente el aprendizaje activo, que estimule las funciones cognitivas, que empuje al niño o al adulto a al mundo real, a observar, experimentar, dialogar con otros, y no a resolverlo todo encerrado en un modelo de ceros y unos que jamás sabrá lo que se siente cuando alguien te dice en el patio: "Eres tonto".

Por eso la IA puede ser útil, sí. Pero solo si está al servicio de lo humano, y no al revés.

Usted afirma que el futuro será de los "más aprendientes" y no de los "más inteligentes" (en el sentido tradicional). ¿Qué habilidades humanas son irremplazables frente a la IA y cómo podemos cultivarlas deliberadamente en la escuela y el hogar?

Sí, y lo sigo afirmando: el futuro no será de quienes más conocimientos acumulan, sino de quienes sepan aprender con mayor agilidad. Porque la información está cada vez más disponible, más accesible, más inmediata. El conocimiento ya no es el privilegio de unos pocos, pero eso no lo convierte automáticamente en sabiduría. Y ahí es donde aparece la gran diferencia: el conocimiento no es sabiduría. Y una inteligencia artificial, por mucho que aprenda a combinar datos o a predecir patrones, nunca tendrá sabiduría. Porque no ha vivido o tiene experiencias vitales, no aplica en lo dinámico y complejo de lo cotidiano aquello que sabe. Ni que decir tiene que no ha sentido el frío de una mirada, ni la calidez de una caricia. No ha atravesado un duelo, ni ha experimentado la espera, ni la ambivalencia, ni el silencio incómodo que a veces tanto nos transforma.

Una IA no ha vivido a través de los cinco sentidos. Y aunque llegaran a simular ese tipo de entrada sensorial —porque pueden introducir visual, auditivo o kinestésico a través de sistemas tecnológicos—, lo que nunca podrán replicar es la manera en que un ser humano elabora la experiencia. Nosotros cargamos no solo con la vivencia del presente, sino con la historia de nuestros vínculos, con nuestras referencias culturales, familiares, incluso con la carga epigenética que atraviesa generaciones y que, aunque no siempre seamos conscientes, forma parte de cómo reaccionamos y comprendemos lo que vivimos. Es una integración compleja, profunda, llena de matices, que no se puede reducir a un cálculo.

Y, además, está algo que no se puede falsificar: la reciprocidad emocional. Una IA puede decir "me alegro de que te sientas mejor", pero no lo siente. Puede validar todas tus emociones, pero no te mira cómo te mira alguien que realmente siente contigo. La conexión auténtica solo se da cuando ambas partes están implicadas emocionalmente, y eso no puede ser imitado. Porque no es solo lo que se dice, sino lo que se siente mientras se dice. Y en el vínculo humano está la clave de lo que nos transforma.

Por eso, las habilidades humanas que necesitamos reforzar y cultivar no tienen tanto que ver con saber mucho, como con saber qué hacer con lo que uno sabe. Y eso implica desarrollar pensamiento crítico para no tragarse cualquier mensaje por muy bien armado que venga, fomentar la creatividad auténtica que proviene de las experiencias vividas, cultivar la empatía real que surge del contacto directo con las emociones del otro, formar un juicio ético pueda cuestionar sus sesgos o intereses sin miedo a perder la cuota mensual de suscriptores.

Incluso hay formas de pensamiento, como el pensamiento abductivo, que todavía no sabe replicar la inteligencia artificial. Ese que usamos cuando tenemos que imaginar posibles explicaciones sin tener todos los datos, cuando inferimos o intuimos lo que ha podido pasar. Ese tipo de pensamiento, tan ligado a la vida cotidiana, es profundamente humano y sigue siendo indispensable.

Estas habilidades no se enseñan en una asignatura aislada. Se cultivan desde muy temprano, en casa, en la forma en que los adultos responden a los niños, en cómo validan sus emociones, en cómo los invitan a pensar, a preguntarse, a hacerse cargo de lo propio para mantener su autonomía ante el dorado cómodo que aportan las respuestas fagocitadas por una IA. Se cultivan en la escuela cuando un docente no solo de contenidos, sino que modela humanidad: cómo resuelve un conflicto, cómo acompaña un error, cómo conversa con sus alumnos. El gran reto no es competir con la inteligencia artificial, sino preservar y fortalecer lo humano. Porque en eso, si lo cuidamos, la IA nos podrá impulsar mucho más.

Con la creciente dependencia de la IA, ¿existe el riesgo de crear una nueva brecha, no solo digital, sino una "brecha humana", donde se atrofien las habilidades emocionales y sociales? ¿Cómo podemos evitarlo?

Lo primero que necesitamos asumir es que la inteligencia artificial no es una herramienta neutra. Está modelando activamente cómo pensamos, cómo nos vinculamos y cómo nos percibimos a nosotros mismos.

Como ya comenté estamos viendo una ilusión de vínculo cada vez más extendida: niños que desarrollan la sensación de que están siendo escuchados, comprendidos o incluso queridos por un sistema diseñado para facturar, no para cuidar. Esto distorsiona el proceso de construcción emocional, porque el vínculo humano real se basa en la reciprocidad, no en la autenticidad de una parte y la respuesta automatizada de la otra.

Ya no es solo una brecha digital: es una separación entre las personas y sus propias habilidades cognitivas, emocionales y sociales, que se atrofian por la comodidad de que lo den todo hecho a golpe de click. Y eso, por definición, no es desarrollo humano.

Y todo esto, lejos de ser alarmismo, es la oportunidad perfecta para repensar cómo educamos en este siglo. Porque si algo nos ha enseñado el siglo XXI es que aprender a aprender, aprender a pensar, y aprender a convivir, no son extras: son la base. Y esa base no se puede delegar.

Si solo pudiera dejar un mensaje o una herramienta práctica en la mente de los lectores (padres, docentes o profesionales) para que salgan de esta entrevista y empiecen a aplicar un cambio hoy mismo, ¿cuál sería?

Si solo pudiera dejar una herramienta práctica, sería esta: que cada padre, docente o profesional empiece a hacerse una única pregunta ante cualquier comportamiento, incluso los más incómodos: "¿Por qué sí tiene sentido lo que hace? ¿Por qué sí tiene sentido lo que dice o lo que piensa?". Esa pregunta, aunque parezca sencilla, transforma la mirada. Y si sumo algo más: nunca atribuyamos intenciones negativas a los niños. No están "haciendo esto para sacarme de quicio", ni "quieren sacarle un ojo a su hermana". Siempre hay una razón que tiene sentido en su mundo. Nuestra tarea es comprenderla, no juzgarla, y desde ahí guiar comportamiento alineado con nuestros valores.

Queremos saber tu opiniónNombreE-mail (no será publicado)ComentarioWK Educación no se hace responsable de las opiniones vertidas en los comentarios. Los comentarios en esta página están moderados, no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita, por favor, las descalificaciones personales, los comentarios maleducados, los ataques directos o ridiculizaciones personales, o los calificativos insultantes de cualquier tipo, sean dirigidos al autor de la página o a cualquier otro comentarista.
Introduce el código que aparece en la imagencaptcha
Enviar
Subir

Búsqueda en Hemeroteca

Autor
Autor
Nivel Educativo
Nivel Educativo
Sección
Sección

Últimos títulos publicados