Manuel Martín González, periodista y profesor de Secundaria.
Foto y vídeo de Pablo Martínez
¿Para qué sirve la poesía?
Siempre me gusta hacerme la pregunta: “poesía, ¿para qué?”. Para nada, y que no cunda el pánico. ¿Por qué todo tiene que servir para algo?
¿Es realmente necesaria en un mundo como el actual?
Nos hace falta porque estamos viviendo en un mundo muy pragmático, en el que todo tiene que tener un fin utilitario y además inmediato. Yo defiendo que poeta es aquella persona que se preocupa de lo que comúnmente no sirve para nada. ¡Ole el poeta! De momento, con que sirva para que disfrutemos...
¿Qué papel debería tener en la escuela?
Para empezar debería tener más presencia de la que tiene, porque ahora mismo la poesía suele llegar ligada a la celebración de efemérides o días mundiales. La poesía es un instrumento y un fin en sí misma. Como bien dice Luis García Montero, el lenguaje poético ofrece al niño una nueva forma de mirar el mundo, con otros ojos, y además, quién sabe si no son unos ojos más sabios para interpretar la realidad, para darle una interpretación distinta, nueva.
¿Por qué no tiene más protagonismo?
Creo que somos los adultos, intermediarios entre la literatura infantil y sus lectores, los que tenemos los prejuicios. Y somos nosotros los que conformamos las bibliotecas. Detecto, además, que no hay el suficiente conocimiento. No puedo entender que en Magisterio la literatura infantil, en general, no sea una asignatura obligatoria o tenga más importancia en los planes de estudio. No me cabe en la cabeza que los maestros, que van a ser sus principales intermediarios, no tengan la obligación de conocer lo que se cuece en la literatura infantil y, menos, en la poesía para niños.
¿Cómo reaccionan los más pequeños ante el lenguaje poético?
Es intrínseco a ellos, viven en un lenguaje poético. Es su vida, su mundo. Les gusta muchísimo la música de las palabras, aunque no entiendan los poemas. Los problemas los ponemos los intermediarios entre la literatura y los niños.
¿Qué problemas?
Entras en una biblioteca de aula, en una librería, y los libros de poesía no están al alcance de los niños. Por eso las editoriales que se dedican a la poesía son más una declaración de intenciones que un negocio. Eso tiene que ver con nuestra visión de adultos, que, ante la poesía, o la sacralizamos en exceso o nos asusta. Sin embargo, el niño se acerca a ella de una forma natural.
¿Usted ya escribía poemas cuando era una niña?
No, ya me gustaba mucho leer pero no escribía. Mi padre siempre me decía: “Cuando estés triste, escribe”. Pero hasta que no llegué al instituto no me recuerdo escribiendo. La típica poesía adolescente e infumable ahora, pero que entonces era un desahogo.
¿Y cuándo comienza a publicar?
No tenía la intención de publicar, fue casi por azar. Estuve muchísimos años escribiendo para los niños del cole, no les decía que era mío para no condicionarlos, y como veía que les encantaba, a mí me animaba a escribir y tenía suficiente con eso. Siempre me han gustado mucho los niños y la literatura. Lo que hacía era lo más natural del mundo: fusionar mis dos pasiones.
¿Y cómo pega el salto al mundo editorial?
Alguien me dijo una vez: “Carmen, ¿por qué no mandas tus escritos a una editorial?”. Y me animé. No sabía qué contar de mí para presentarme, y mandé un mensaje que decía: “Soy una maestra que escribe”.
¿Y ese mensaje surtió efecto?
Y tanto. La editorial Kalandraka me respondió enseguida, y cuando contactaron conmigo por teléfono, también me pasó con SM, lo primero que me preguntaron fue: “¿Y tú dónde estabas?”.
¿Por qué escribe para niños?
Porque me encantan. Es increíble la capacidad que tienen para sorprenderse con cosas tan pequeñas, o el que crean en la magia. Me siento más libre. Cuando yo escribo para los niños no tengo fórmulas, escribo de lo que quiero, de verdad. Luego tengo la enorme fortuna de que les gusta a ellos.
¿No le tienta escribir para adolescentes?
Si te soy sincera, no me apetece ni me motiva. Hay que manejar determinadas claves en las que no sería yo. Me parecería que estoy fabricando algo a la carta, a la medida. Yo admiro a gente como Laura Gallego o Blue Jeans, que son fenómenos de masa, y me parece increíble lo que generan en torno a los libros que escriben.
Además de escritora, también es una gran contadora de cuentos y poemas.
A los niños les encanta que les cuenten cuentos, pero para que les guste realmente tienes que disfrutar tú narrándolos. Es una transmisión de emociones. Y, además, darles la oportunidad de que participen. De repente, comienzas a contar un cuento y te quedas en silencio para que ellos continúen la historia. Muchas veces dices dos versos y todo lo demás lo aportan ellos, y lo han aprendido solos. Otra clave que no falla nunca es la de equivocarse intencionadamente y dejar que ellos rectifiquen.
¿Conocen muchos cuentos los niños de ahora?
Ahora que trabajo con adolescentes en un instituto me llama la atención que apenas conozcan cuentos, salvo los que Disney ha versionado. Imagínate si eso pasa aquí, en Aracena, una población de menos de 8.000 habitantes, qué no pasará en las grandes ciudades.
¿Es una cuestión de modas o de ritmo de vida?
¿Qué padre tiene tiempo para contar cuentos? Los niños están faltos de folklore. El papel que antes hacían las abuelas, los tíos, ahora lo hacen los cuentacuentos, que me parece muy bien, pero es triste que tengan que existir profesionales que les cuenten cuentos a los niños. No hay nada más hermoso que leerle un cuento a tu hijo. Es un momento único de contacto íntimo, en el que estás a solas con él y que refuerza los lazos afectivos. Los niños lo necesitan.
¿No está desprestigiado el cuento frente a los videojuegos, consolas y demás?
Consideramos a los niños más tontos de los que son y no lo son; en los juegos como en los cuentos, hay todo un aprendizaje de la vida, y no creo que tengan que excluirse mutuamente. Jugar te da un poder tremendo y te otorga un papel activo. El que ha creado ese juego ha sido capaz de conectar con él. Una cosa diferente es el uso y abuso que se haga de ello. Tenemos que respetar su mundo y no intentar imponerles el nuestro, porque nuestro mundo también tenía carencias. No podemos pasarnos la vida diciendo lo malo que es todo, porque no es verdad. El progreso nos ha traído oportunidades y beneficios increíbles, y debemos sacar provecho de ellos.
¿No habría que desarrollar más su creatividad?
En segundo de ESO les pido que escriban una novela y les encanta. Es voluntario, pero si vieras las novelas que me presentan... Son reflejo total de su mundo, descubro ahí todo lo que están viviendo, sus secretos y todo lo que les preocupa. Esa experiencia creativa les hace acercarse de una manera diferente a la literatura.
¿De qué están hechos sus cuentos?
En todos está lo que pienso, lo que siento, lo más profundo de mí. Tanto es así que no puedo soportar que los lean cuando estoy delante, me da un pudor tremendo. Es como desnudarme. Fíjate si están hechos de Carmen Gil.
¿Hay fórmulas mágicas para hacer un buen cuento?
Cuando estoy escribiendo un cuento hablo de aquello en lo que creo. Son cosas muy serias para mí, aunque vayan dirigidas a un niño de 5 años. Hay veces que tus creaciones responden a encargos específicos, pero aún así nacen de mi manera de ser, de estar en el mundo. Por ejemplo, la vena feminista se me ve en muchos cuentos, como el de una princesa que estaba hasta el moño de estar esperando a un príncipe azul porque era muy aburrido. Eso no es una fórmula, sale solo.
¿Es necesario que encierren una moraleja o eduquen en valores?
A veces nos pasamos con tanto querer enseñarle siempre a los niños algo. Los adultos siempre tenemos esa obsesión; en mi caso hay una visión didáctica que no puedo evitar. Será que soy maestra hasta la médula.
¿Hay censura en la literatura infantil?
Más de lo que podemos pensar. Elvira Lindo dice sobre su Manolito Gafotas que “ese pequeño libro de 100 páginas es posiblemente el más censurado de la historia de la literatura infantil publicada en inglés”. Cada vez es más frecuente. A mí, por ejemplo, me censuraron la palabra “vieja” como adjetivo de una lavadora.
¿La palabra “vieja”?
Sí, y no lo entendía porque no se puede quitar de en medio lo viejo, la enfermedad. En las lecturas de libros de texto, sobre todo, se ven obligados a presentar un mundo donde todos somos felices: los maestros y los padres maravillosos. Pero qué pasa cuando un niño no tiene una familia maravillosa, dónde se encuentra ese niño. No sé qué hubiera sido hoy de Roald Dahl o de Astrid Lindgren. Quizá sus libros no hubieran pasado el rasero de lo políticamente correcto actual.
¿Es posible escapar de lo políticamente correcto?
Lo peor no es que la editorial te censure sino tu autocensura, que tú ya sabes los problemas que puedes tener y te regulas inconscientemente. Es un gran error porque el niño no quiere textos ñoños, quiere que pasen cosas; no quiere que todo sea rosa y merengoso. La literatura tiene un poder de identificación enorme, se disfruta cuando tú te identificas con lo que lees y, claro, los niños no se encuentran en ese tipo de literatura porque no todo es maravilloso en sus vidas.
¿Y cómo reaccionan?
Los niños no son tontos. Qué pasa, que al final les encanta Roald Dahl, donde la directora del instituto es terrible, o los padres de Matilda, no veas cómo son, pero es que necesitan que pasen esas cosas. A veces nos empeñamos en encerrar a los niños en una burbuja, protegiéndolos de todo, y luego la vida que les espera es muy dura...
¿Cree que están muy sobreprotegidos?
En nuestra sociedad tenemos un problema grave cuando pretendemos que el niño no tenga problemas, y si los tiene que los solucione rápidamente. Solo hay que observar qué ocurre en los grupos de Whatsapp de padres. Una madre pide que otra le envíe las fichas de inglés o pregunta qué va a entrar en un examen, y mientras, los niños de brazos cruzados. Con actitudes como estas los estamos haciendo más dependientes, menos autónomos. El niño tiene que enfrentarse a sus propios problemas y tiene derecho a sentirse triste, y hay que dejarlo que llore y que viva su tristeza.
¿Y qué hacemos con los contravalores de muchos cuentos tradicionales?
Esos cuentos reflejaban un mundo que ya no existe. Claro que Blancanieves le hacía las camas a los enanitos, pero es que las mujeres hacían las camas, formaba parte de un contexto. Siguiendo ese criterio tendríamos que desechar parte de la literatura y el cine que forman parte de nuestra cultura. No podemos prohibir por prohibir. A los contravalores se les puede sacar mucho partido desde el punto de vista educativo. Es tan fácil como pedirles que jueguen a cambiar la historia. ¿Qué pasaría si Blancanieves fuera un chico? Ahí hay mucha potencia educativa, porque en sus casas viven ahora otras cosas.
¿Sigue siendo la literatura un instrumento para la educación emocional?
Todo el que es un poco diferente, o se confunde con la masa o las pasa canutas. La literatura los rescata, tiene una función de refugio para muchos. Y eso ocurre aún más en la adolescencia. Hace poco me encargaron unos cuentos que hablaban de emociones. Eso te hace pensar en qué cosas les preocupa: sus miedos, sus anhelos, sus dudas. Por ejemplo, en Me aburro como un burro está recogida esa letanía permanente de muchos niños, todo el día con el “me aburro” en la boca.
¿Nota ese cambio en los adolescentes que tiene ahora como alumnos?
En algunos casos, estamos dándoles todo antes de que lo pidan; no les ha surgido el deseo cuando ya lo tienen. Luego pasa lo que expresa muy bien la psicóloga Begoña Ibarrola cuando habla de que estamos creando niños con intolerancia a la frustración. Niños a los que les sale mal un dibujo y espachurran el papel, se enfadan y ya no lo vuelven a hacer. Quieren que todo les salga perfecto a la primera, que todo vaya siempre bien. Creo que en eso nos estamos equivocando.
La sonrisa de Carmen Gil
Un hermoso patio andaluz en Aracena (Huelva) cae de repente bajo el hechizo de una princesa que ríe a borbotones. Como por arte de magia se va convirtiendo en cientos de personajes de cuentos. Brujas, hadas, enanos, vampiros, dragones, marcianos o fantasmas se cuelan en nuestra charla. Quizás sea por su pelo rojo, su felpa, su figura menuda pero vibrante, su voz melódica, su fantasía desbordante o, simplemente, por sus ojos chispeantes y divertidos. De repente deja de hablar, suspira, y en medio de una carcajada, suelta: “Con el tiempo soy cada vez más yo en los libros, me voy desmelenando”. Esa princesa es Carmen Gil, una autora polifacética que escribe e ilustra literatura infantil: cuento, teatro y poesía para niños, además de desarrollar múltiples actividades de animación: teatro, títeres, cuentacuentos, talleres de danzas del mundo, talleres de magia...
La sonrisa de Daniela es, quizás, el cuento que más la define. Una historia de una niña que descubre el enorme poder y efecto que su sonrisa provoca en los demás. Y lo cierto es que, al charlar con ella, uno termina viendo a esa niña gaditana (La Línea de la Concepción, 1962) que soñaba con una bicicleta amarilla, con helados de limón y a la que le encantaba hacer cosquillas. Se siente cada vez más esa princesa pesada que estaba todo el día bailando y cantando por la casa, y a la que sus seis hermanos estaban hasta la coronilla de aguantarla. Esa niña a la que se le caían las cosas y que, con el tiempo, como en sus cuentos, descubrió que sus manos eran buenas para acariciar y para escribir historias deliciosas. Por un instante regresa meditabunda al mundo mágico de domingos de librerías en que pasaba las horas mirando embobada un cordel del que pendían cuentos troquelados colgados con pinzas, mientras esperaba que su padre la invitara a coger uno de ellos.
Soñaba con irse con el circo de la ciudad de los muchachos y acabó montando un circo con los muchachos de su ciudad. Esa niña fantasiosa soñaba ya con transcender y desarrollar proyectos que implicaran a muchos. Y se hizo realidad con Poemitas, una novedosa y exitosa web de poesía para niños.
Esa niña, entre princesa cantarina, hada atolondrada y bruja buena, es hoy una de nuestras grandes poetas para niños y niñas, con más de cien libros publicados, traducida a quince idiomas, premiada con reconocimientos internacionales, Medalla de Oro al Mérito en Educación en Andalucía 2011, presente en las principales bibliotecas de países hispanoamericanos y colaboradora asidua con instituciones (Instituto Cervantes, Centro Andaluz de las Letras, gobiernos autonómicos, universidades…), dando conferencias y realizando encuentros con lectores.
¿Cómo valora el panorama actual de la literatura infantil y juvenil?
Muy saludable, nunca había habido tanta y tan buena. Cuando yo era pequeña había cuatro cosas, y ahora hay de todo. También es verdad que, como se publica mucho, llega a apabullar. El problema es qué seleccionar cuando vas a una librería. Los libreros tienen que ser como los farmacéuticos de los libros.
¿Y la poesía para niños?
Actualmente hay unos poetas maravillosos, como Juan Carlos Martín Ramos y José Antonio Ramírez Lozano. Hay unos poetas en literatura infantil buenísimos, fantásticos, pero no se conocen. Curiosamente, muchos de ellos son docentes. Lo mismo pasa con el teatro para niños, porque la narrativa sobrevive sola.
¿Hay algún aspecto que le resulte especialmente destacable?
Sin dudarlo, las ilustraciones. Desde mi punto de vista, son verdaderas obras de arte. El álbum ilustrado se ha convertido en un fenómeno. Cada vez hay más adultos aficionados a álbumes ilustrados para niños. Y el nivel de exigencia es muy alto. Una historia corta, con calidad literaria, muy poéticos... No me extraña que tengan tanto éxito.
¿De qué peca la literatura hecha para niños?
Yo siento un respeto enorme por el mundo de los niños. Que esté publicado no quiere decir que algo tenga calidad. Luis García Montero tiene un libro que me encanta, Lecciones de poesía para niños inquietos, en el que comenta que si hablamos de niños y de poesía nos ponemos almibarados y empezamos a hablar con diminutivos, todo terminado en -ito, y, claro, eso es infumable. Los niños necesitan poesía de calidad.
¿Cuáles son los mejores libros para los niños?
Los mejores libros son los que se recomiendan unos a otros; eso es lo mejor. Una mala experiencia lectora a esas edades marca mucho, además, siempre está relacionada con el colegio y con la obligatoriedad.
¿No hay que obligar a leer nada?
Platero y yo lo disfruté con veintitantos años y a Garcilaso lo odié porque me obligaron a leerlo con pocos años. Tenemos que procurar que el niño llegue a la lectura desde el placer, nunca desde la imposición.
¿Es una opinión compartida por sus compañeros de Secundaria?
En los institutos, en general, hay muchos prejuicios contra la literatura infantil y juvenil. A quienes llevan la biblioteca les sugiero títulos de libros que los niños me piden, y siempre me responden con que son muy infantiles. Yo reacciono con rabia: “Si no lo tienes que leer tú, sino ellos. Si les gustan esos libros, déjalos, ya leerán a Valle Inclán”. Es importante que, al menos, en las bibliotecas los alumnos tengan la opción de encontrar los libros que les gustan. Pero cuesta...
¿Obliga a leer libros a sus alumnos?
No soy partidaria de obligar a leer un libro, pero sí defiendo mi espacio de lectura. Actualmente, los alumnos tienen tantas tareas que mi método no es poner una más sino valorar sus lecturas. Todo el que lee un libro por su propia iniciativa viene y me lo cuenta, lo anoto en su carnet de lector y luego lo transformo en una nota.
¿Y qué leen?
Leen lo que quieren. Lo importante es que vinculen la experiencia de leer como algo placentero. Además, en el tiempo de clase reservo un tiempo para la lectura. Suelo empezar con cinco minutos, y es importante porque cada vez tienen menor capacidad de concentración. Es lógico, con tanto estímulo alrededor. Lo más emocionante es cuando, al cabo de los días, me piden que les deje leer.
¿Nos olvidamos de educar para la lectura en el aula?
En mis clases procuro regalarles el silencio, y no es ninguna tontería para ellos. Viven en el jaleo, en el ruido constante, tanto externo como interno. Las voces, el móvil, el Whatsapp que no deja de sonar, los pasillos ruidosos y, de pronto, se encuentran con el silencio en una clase. Eso se puede dar en este ámbito porque, en algunos casos, en su casa no lo van a tener; a veces, con el televisor encendido todo el día. Además, intento enseñarles a escuchar.
¿El papel de la escuela es irreemplazable como espacio para animar a la lectura?
Mi experiencia de treinta años en la enseñanza me deja claro que algunos chavales no hubieran leído si en los centros educativos no les hubiera dado la oportunidad de hacerlo, porque están avasallados por la cantidad de estímulos atractivos que tienen. Hay que descubrirles la lectura, ayudarles. No es verdad que los niños no lean, leen. Hay un libro para cada niño, esa debe ser la clave de la animación lectora.
¿Siguen siendo importantes las bibliotecas?
Son fundamentales, tanto las escolares como las públicas. Es fundamental que realicen una escrupulosa selección de títulos, no solo en calidad sino en variedad, que tengan muchos libros que interesen de verdad a los niños, que respondan a sus intereses. Y en los centros educativos, la biblioteca deber ser el corazón, de ahí debe partir la animación a la lectura.
¿Cómo están influyendo los libros electrónicos?
Lo que está salvando a las editoriales es la literatura infantil, porque los libros ilustrados son muy atractivos en papel. Pero personalmente soy muy partidaria de los libros electrónicos. Es un libro, ¿qué más da leerlo en un uno u otro formato? Y, según encuestas realizadas, la gente joven prefiere el formato electrónico. Quizá porque pertenece más a su mundo: un libro electrónico está más cerca de una conquista suya que de una imposición de los adultos.
Hablando de formatos novedosos, ¿cómo nace tu página web Poemitas?
Detrás hay una historia muy hermosa. Fue un regalo de cumpleaños que me hizo mi hija con la ayuda de mi marido. Uno de los regalos más bonitos de mi vida. Yo no conocía nada de páginas web. No sabía ni que existían.
¿Ya tenía libros publicados?
Ninguno. Para mí Internet supuso una auténtica revolución. Me encantó, me pareció tan mágica esa posibilidad de llegar al mundo entero desde mi casa. Sin necesidad de una editorial, podía compartir mis poemas, mis dibujos con docentes de todo el mundo.
¿Y qué respuesta encontró?
Mi página era muy casera pero es increíble la cantidad de visitas que llegó a tener. De repente, se convirtió en un material de referencia para muchos docentes de España e Hispanoamérica. Tenía más visitas que muchas empresas; me tuvieron que subir el precio del contrato. Estaban alucinados.
¿En algún momento la escritora ha transcendido a la maestra?
No puedo diferenciar entre mi labor de escritora y de maestra. En la estructura de Poemitas también está esa visión de una maestra que tiene una vivencia y la quiere compartir con otras. Como en su día me presenté a la editorial, siempre digo que soy una maestra que escribo.