Esperanza. Filosofía. Felicidad. Ámbito digital. Experiencias. Pensamiento. Pedagogía de la muerte. Meditación. Aprendizaje. Desesperanza.
Hope. Philosophy. Happiness. Digital realm. Experiences. Thought. Pedagogy of death. Meditation. Learning. Despair.

Siempre comienzo las entrevistas pidiéndoles a mis invitados que describan quiénes son profesionalmente o personalmente. Dinos, ¿quién es Francesc Torralba?
Soy Filósofo y teólogo pero, esencialmente, profesor. Mi gran pasión es enseñar, estar en el aula, dar qué pensar y acompañar a mis alumnos a desarrollar su proyecto de vida. Soy lo que hago y lo que soy, fundamentalmente.

Nos conocimos hace casi treinta años, entonces los dos éramos muy jóvenes… ¿Cómo te ha cambiado la vida?
La vida cambia, suceden acontecimientos, aprendes y, sobre todo, lo haces de los alumnos y de las experiencias que vives. Naturalmente, también aprendes en la biblioteca y eso te permite procesar, entender. No he tenido nunca la tentación de cambiar de tarea o de rol. Me sigue gustando el aula, enseñar, publicar, soy feliz con lo que hago, pero naturalmente las vivencias personales, especialmente las trágicas, obligan a pensar a fondo y a plantearte muchos temas y cuestiones.
Has publicado muchos libros. ¿Hay alguno al que tengas un cariño especial?
Especialmente el último "Anatomía de la esperanza", porque trata de un tema que me parece clave hoy. Nos encontramos en un contexto donde hay mucho desánimo y escepticismo, también en el ámbito educativo, aunque no solo, y para mi es clave articular un discurso sobre la esperanza que no sea ingenuo o naif, e inocular esta virtud, que, por otra parte, es importante para educar.
Si uno sale del aula pensando que no hay nada que hacer, que todo está perdido, qué va a transmitir. Es esencial trasladar que hay posibilidad y que los niños y niñas pueden desarrollar sus sueños, aunque no inmediatamente, habrá dificultades, obstáculos, adversidades, y hay que prepararles también para eso.
¿Hay diferencia entre el optimismo y la esperanza?
Sí. La esperanza es virtud y contempla las contrariedades; sin embargo, el optimismo muchas veces puede ser naif, pueril, una aptitud que no conoce suficientemente el peso de la realidad. Por el contrario, el esperanzado sabe que habrá dificultades, confía que, con la ayuda de los demás y con su creatividad, inteligencia e imaginación, podrá encontrar mecanismos para superar los obstáculos. Nunca solitariamente, porque la esperanza necesita de los demás.
¿Se puede enseñar a tener esperanza?
Se puede si uno la vive, nadie puede ofrecer lo que no tiene. Uno irradia lo que posee, si está amargado, transmite amargura; si tiene serenidad también la comparte, y si realmente vive la esperanza la proyecta. Pero, si no la tienes es muy difícil y, aun así, en ocasiones, aunque la tengas, no necesariamente la otra persona la va a hacer suya.
Quien ha pasado un Viernes Santo, ha cruzado un desierto, se convierte en un testigo para los demás, es un testimonio; dirán: este señor tiene esperanza, pero no es una virtud ingenua. Ha pasado por circunstancias difíciles y se convierte en alguien que tiene autoridad moral para hablar de ella. Por el contrario, a quien le ha ido todo bien en la vida es difícil acogerlo como un testimonio, porque le dirán: "la vida te ha ido muy bien, siempre te ha sonreído".
Te has dedicado a la filosofía la mayor parte de tu vida. ¿Siguen siendo necesarios los filósofos?
Imprescindibles, lo que pasa es que tenemos que aprender a hacer una filosofía en el ágora, en la plaza pública, romper el hermetismo, el tribalismo, la jerga lingüística, que nos hace habitantes de una especie de burbuja. Es fundamental la filosofía en medio del ágora. Reivindico a Sócrates que estaba en medio del ágora, en la plaza pública, educando, sin techo y educando a los conciudadanos. La filosofía nace allí.
Es indispensable enseñar a pensar, a ser críticos, a razonar, a comprender al otro y a autocriticarse. Estamos en un contexto de polarización, de maniqueísmo, de pensamiento dicotómico, bueno o malo, conmigo o contra mí; y eso resulta una simplificación enorme.
«Tenemos que aprender a hacer una filosofía en el ágora, en la plaza pública, romper el hermetismo que nos hace habitantes de una especie de burbuja»
A todo eso, se une la existencia de una credulidad digital. Todo lo que veo en la red, lo que dice un "influencer", que tiene cinco millones de followers, es verdad. ¡Cuidado! Necesitamos la filosofía para poner en cuestión ciertos ídolos, mitos, ciertas autopistas de la felicidad que conducen al naufragio. Y la necesitamos desde el principio, desde el momento en que el niño tiene una capacidad cognitiva que le permite empezar a pensar, pero también en la universidad, en la actividad laboral y en la universidad de la experiencias y de personas mayores. A lo largo de toda la vida.
¿Los filósofos tienen que estar en el ámbito digital?
Sí, creo que tenemos que estar en el ágora digital. No podemos encerrarnos en la biblioteca y solo hacer libros gruesos que leen cinco y critican cuatro, porque ese es el concepto del filósofo como arqueólogo. Naturalmente también tiene que haber aquellos que nos ayuden a releer a Platón, Cicerón y Kant, y que realicen ediciones lo más críticas y adecuadas. Pero hay que estar en el ágora digital donde pasan cosas, donde están los grupos humanos. Esto tiene un riesgo, el puritanismo, una forma de escapar por la tangente.
Aquel que no se moja, que no quiere meterse en el barro, es claramente anticristiano, porque hay que asumir que serás criticado, que no gustarás a todos, pero esto es encarnarse y hacerlo en los contextos ya sea el ámbito digital, rural o escolar. Cada uno tiene que identificar su vocación. No todo el mundo está hecho para ser político ni tampoco para ser monje o monja de clausura, pero en el ámbito digital hay que estar.
«Necesitamos la filosofía para poner en cuestión ciertos ídolos, mitos, ciertas autopistas de la felicidad que conducen al naufragio»
¿La inteligencia artificial va a sustituir al pensamiento?
Creo que no, pero hay que aprender a gobernarla, a utilizarla adecuadamente, regularla éticamente y, sobre todo, distinguir cuáles son sus capacidades, sus posibilidades, que son enormes, y cuál es la experiencia y la inteligencia humana.
Existe mucho debate entre ingenieros y filósofos, antropólogos e informáticos, en abundar en cuál es la distinción. Los seres humanos no solo tenemos la capacidad de calcular sino también de aprender a partir de la experiencia. La inteligencia artificial no. Nosotros experimentamos el amor, el enamoramiento, la muerte de un ser querido, el envejecimiento, el fracaso, y eso construye pensamiento y construye un pensamiento vital, lo que Ortega y Gasset decía "una razón vital".
Pensar no es solo calcular, es un modo de pensar, pero hay otras formas de pensar que nacen del diálogo, de la conversación, de la experiencia estética, de la vivencia religiosa, y todo ello es riqueza humana que no podemos homologar con la inteligencia artificial
Nos vimos hace muy poco en Roma, en un congreso de Educación, muchos de los lectores de Cuadernos de Pedagogía, una gran mayoría, son docentes de América Latina. ¿Cómo está la enseñanza?
Hay que analizarla detalladamente. Es verdad que, a grandes rasgos, uno puede hacer afirmaciones, no cabe duda, pero no soy partidario de la mirada nostálgica, que es muy habitual: "cualquier tiempo pasado fue mejor". No es verdad, en muchos campos no es así. Pensemos, por ejemplo, la situación de la mujer, de la niña, en el ámbito educativo, qué tipo de roles, de tareas tenía prescritas y qué ámbitos quedaban fuera de su alcance o pensemos en personas con discapacidad intelectual o física, marginados, con dificultades para incorporarse al mundo laboral o al deportivo… No significa hacer una apología del presente y decir que estamos en uno de los mejores mundos posibles.
En el aula hay muchas tareas pendientes y en muchos campos. Hablamos de enseñar a pensar, pero fíjate, por ejemplo, en las habilidades orales. Aquí hay que aprender mucho, en habilidades digitales se manejan bien, te resuelven un problema digital rápido, una tarjeta de embarque o reservar un hotel, pero cuando les pides que expresen sus pensamientos, algunos tienen problemas en la universidad de construir una frase subordinada. Están acostumbrados a desarrollar con los power point y si se va la luz se quedan en blanco, pero, ya profesores. Por tanto, hay elementos que hemos perdido, pero otros eran imposible imaginarlos hace veinte años.
Hay que evitar el juicio categórico, que es el nostálgico, y también la apología del presente.
¿Había elementos positivos en esa escuela del pasado? Si. Pero también los hay en la escuela del presente. Lo que debemos ser es autocríticos en las carencias, identificarlas y poner remedio, pero no hacer un discurso nostálgico que representa una añoranza.

En este número de Cuadernos de Pedagogía, incluimos un Tema del Mes dedicado a la Pedagogía de la Muerte. Tú has pasado por una experiencia muy dura…
Intenté expresarlo en dos libros, uno titulado "No hay palabras", en el que trato de expresar lo que representa la muerte de un hijo, de 26 años, en un accidente de montaña. Y, posteriormente, publiqué "La palabra que me sostiene".
En el primero cuento lo que supone el impacto y el abanico de emociones que uno vive a través de una experiencia así, de desconcierto, perplejidad, desamparo, de impotencia, y, en efecto, no hay palabras para expresar el vacío que queda, pero las personas que quieren acompañarte, que quieren transmitir sus condolencias, consolarte, tampoco encuentran palabras, produciéndose una sensación de desamparo en ambas direcciones.
En el segundo, trato de mostrar dónde he encontrado el bálsamo, y lo que de alguna manera me ha sostenido, que es la lectura y la meditación de la palabra de Dios, y no puedo ocultarlo por sí es útil a otras personas. Tampoco quiero presentarlo como un fármaco milagroso, es decir, hay personas que han pasado por una experiencia tan traumática o peor, como es el suicidio de un hijo, leen la palabra de Dios, o las escuchan o la meditan, y no experimentan ningún tipo de sosiego o de sostenimiento. Puede ser, pero creo que los que pasamos por este tipo de desierto tenemos que dar a conocer y trasladar a los demás lo que nos ha sido útil para, no superar, sino asumir y tratar de reconstruir ese jarrón que se ha roto en mil fragmentos. Por eso se titula La PALABRA (en mayúscula) que me sostiene. Con él cierro este proceso de duelo y de algún modo me ayuda terapéuticamente. Naturalmente, también cuenta la comunidad, la lectura de la palabra, el vínculo familiar.
Hay experiencias en la vida que son de ruptura y otras que son de continuidad y te hacen ver las cosas de otra manera. Además, haces aprendizajes. Aprendes que cada día es valioso, que puedes dejar de estar en cualquier momento, te hace mucho más humilde, porque te das cuenta de que no tenemos nada controlado a pesar de que nos lo parece, y adelantamos agendas para el 2027, pero puede que todo se vaya al traste en un minuto, con lo cual valoras cada instante, cada conversación, clase o situación, porque realmente lo único que tenemos garantizado es el presente, el futuro es incierto completamente.
«Los seres humanos no solo tenemos la capacidad de calcular sino también de aprender a partir de la experiencia»
Has hablado de la importancia del acompañamiento en momentos como estos. Lamentablemente nos encontramos en las aulas con pérdidas duras. ¿Cuáles serían las claves de ese acompañamiento?
Creo que hay tres elementos clave: el primero y fundamental es escuchar a la persona que experimenta una experiencia de este tipo, más que emitir consejos, es adoptar la fórmula de receptáculo, ponerse al lado y que el otro pueda verter su dolor, su sufrimiento, su indignación, su rabia, porque hay cólera, especialmente cuando es la muerte de un niño o un adolescente. Lo que no puede quedar es herméticamente cerrado porque esto es explosivo y tiene un efecto terrible a corto o largo plazo.
Luego, no hay que juzgar, el juicio es terrible. Y después, si lo consulta, hay que darle claves. Por ejemplo, señalar qué me ha ido bien, por ejemplo, un grupo de duelo. Mi hija mayor lo hizo, cada viernes, y, por cierto, solo iban mujeres. Igual los hombres lloramos a escondidas, no expresamos estas emociones, nos autocensuramos (también es un forma de analfabetismo emocional).
Escuchar sin juzgar, estar al lado y, si lo solicita, tratar de ofrecer lo que me ha funcionado para sobreponerme a este trágico acontecimiento.
¿Cuando se ha pasado por una situación así se puede recuperar la esperanza?
Sí es posible y además es imprescindible. La esperanza es como el aire si no existe uno se hunde. De hecho, la esperanza es entrever alguna posibilidad.
Hay personas que sucumben a la desesperación y cuando esta se hace crónica surge la autodestrucción. Cuando una persona no ve salida y no la ve a lo largo de los días, de los meses, al final abre la ventana y salta. Por tanto, es imprescindible construir esa esperanza, ¿cómo?, con nuevos proyectos, nuevas ilusiones.
En los dos últimos años, he hablado con muchas personas que han experimentado la muerte de un hijo, a raíz de estos dos libros que me han llevado por todo el país. En uno de esos encuentros, una madre me decía: no soy capaz de sobreponerme (hacía cinco años del fallecimiento de su hijo). Yo le manifestaba que hay que pasar página, a lo que me contestó: "mi libro no tiene más páginas". Cuando no hay más páginas es que has llegado al punto y final… Por eso, es necesario reconstruir un proyecto, con otros hijos, alumnos, amigos, identificando nuevos horizontes que te permitan reconstruir el sentido.
Hay personas que no lo ven claro al año, otras a los diez años, y otras que caen en un pozo de desesperación, en una oscuridad muy penetrante, que aunque quieras no hay forma de ayudarles. Esto también es impotencia y humildad.
Una de las experiencias más duras que estamos teniendo en los últimos años es la cantidad de intentos de suicidios en las aulas, cada vez estudiantes más jóvenes, no hablamos de adolescencia, sino de infancia. ¿Hay una niñez desesperanzada?
Históricamente, el suicidio lo hemos guardado en un cajón, pero no es la forma de afrontarlo. El suicidio está presente en todas las distintas etapas: niños, adolescentes, jóvenes, adultos. ¿Qué hacemos con ello? ¿Cuáles son las causas? A veces, es la soledad no deseada, hay muchos factores, pero estar solo sin querer estarlo, puede ser un motivo. Pero, sobre todo, la desesperación. Una persona se suicida cuando no ve salida a su situación.
Existen personas que no la ven, pero si se siente acompañado puede que esta le ayude a encontrarla. Es decir, la madre que no ve salida, con su hijo llorando en el despacho de un tutor, se desespera. Pero si el docente hace algo que no se había hecho nunca, en lugar de repetir patrones, puede que encuentre la solución.
Fíjate, una persona imaginó que un niño con autismo utilizando la equinoterapia podría tener buenos resultados. Alguien tuvo la idea y luego se validó científicamente. La clave está en ofrecer rutas, itinerarios, que hasta aquel momento nadie había probado. Si repetimos lo mismo, tenemos los mismos resultados, pero si introducimos nuevos itinerarios, aunque no lo tenemos garantizado, puede que obtengamos posibilidades nuevas. Este señor ha caído diez veces en la adicción, no hay forma de escapar, se desespera, lo ha intentado, pero otra vez cae en el alcohol, en el juego o en la droga, bien, y si por primera vez intentamos otra cosa y, sobre todo, con alguien que ha sido capaz de asumir y superar esa adicción y tienen autoridad moral para decirle hay luz, no solo hay oscuridad, yo pasé por ahí y se lo difícil que es, pero tienes posibilidades.
En sociedades atomizadas, fragmentadas, donde hay tanta soledad, es fácil que se produzca la desesperación; sin embargo, en aquellas donde existe más vida de comunidad, ayuda mutua, es más fácil poder transitar esos desiertos.
También, hay mucha autoexigencia, incapacidad de asumir la frustración. Tenemos suicidios de chicas que son sobresalientes y en una evaluación bajan la nota al aprobado, y no soportan esa frustración. Frustrarse forma parte de la vida y asumirla.
«Lo único que tenemos garantizado es el presente, el futuro es incierto completamente»
¿Puede la escuela vacunar sobre esa desesperanza?
Sí, sobre todo, si hay vínculos de calidad, si enseñamos a asumir y aprender de los fracasos, en lugar de disimularlos; hay que ayudar con transparencia. No podemos caer en los extremos, no sirves para nada o lo haces todo bien.
Hay que acompañarle admitiendo que todavía no hemos visto qué capacidades tienes, ni siquiera tú lo has visto, ni tus padres. Antoni Gaudí, que tenía unos pensamientos muy luminosos, aunque casi no escribió, decía: todo el mundo es útil para algo lo que pasa es que hay que descubrir para qué. Hay que ayudar a los niños y a las niñas a descubrir su potencial, sus activos, sus posibilidades latentes. El profesor tiene que ser un observador para ver qué potencial tiene el niño o la niña, por ejemplo, para la música, la oratoria o el pensamiento o la ciencia.
Me gustaría finalizar esta entrevista pidiéndote un mensaje para los maestros y maestras que están en las clases. Cuadernos de Pedagogía siempre ha presumido de estar en la sala de los profes
Nosotros la recibimos en la universidad. Es una revista leída y apreciada, muchos alumnos y alumnas que se forman para ser maestros la tienen como referencia, hablo de la Universidad Ramon Llull de Barcelona donde estamos desde el año 48 educando a futuros maestros.
Mi mensaje es trasladarles que no se rindan, que no tiren la toalla y que tampoco crean que "todo depende de mí". Hay una comunidad educadora, un pueblo, una tribu, y, por lo tanto, hay que evitar la autosuficiencia; "soy indispensable, todo depende de mí". No.
Por otra parte, tampoco hay que tener la idea de que no hay nada que hacer, soy una voz que clama en el desierto, porque, en algún momento, en el que dabas por hecho que nadie te escuchaba, recibes una sorpresas y alguien te dice, pasados los años: tú me inspiraste a estudiar eso, me animaste con tu ejemplo, o la poesía o el cuento que escribiste activó en mí vocación literaria…
«Todo el mundo es útil para algo lo que pasa es que hay que descubrir para qué»
Muchas gracias
Gracias a tí y enhorabuena por todo lo que hacéis.
