El salto de la educación primaria a la secundaria se ha convertido silenciosamente en una crisis de salud mental para miles de menores de entre 11 y 14 años, quienes sufren un proceso de estrés crónico conocido como school burnout (síndrome de desgaste profesional estudiantil). El fenómeno, que se dispara de forma crítica durante el primer año en los institutos, se manifiesta en centros educativos de toda Europa occidental, con especial incidencia en los sistemas educativos occidentales y nórdicos, y encuentra su origen en el choque abrupto entre las exigencias del nuevo entorno y los recursos de afrontamiento de los adolescentes.
Así lo acreditan recientes investigaciones de universidades e instituciones internacionales. Según un estudio sobre transición escolar publicado en PubMed, el bienestar de los estudiantes sufre un desplome generalizado tras el cambio de etapa cuya magnitud es comparable a la observada durante la pandemia de COVID-19, persistiendo de manera negativa durante más de dos años y deteriorando el compromiso cognitivo y la perseverancia.
En la misma línea, los trabajos doctorales de la Universidad de Helsinki liderados por la investigadora Lotta Allemand demuestran que el school burnout —medido a través de herramientas psicométricas internacionales como el School Burnout Inventory (SBI)— va en aumento. El síndrome se desglosa en tres ejes objetivos: agotamiento severo ante las obligaciones, una actitud de cinismo o desapego hacia el valor de la escuela, y un persistente sentimiento de ineficacia personal. La literatura académica corrobora que este desgaste afecta especialmente a los alumnos con mayores expectativas académicas, incidiendo con mayor frecuencia e intensidad en las alumnas debido a la autoexigencia y los cambios de la pubertad.
Indicadores psicosomáticos aumentan
La magnitud del problema deja de ser una apreciación subjetiva de padres y profesores cuando se ponen cifras sobre la mesa. Según el macroestudio Health Behaviour in School-aged Children (HBSC), desarrollado en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), los indicadores de malestar psicosomático en los adolescentes españoles —dolores de cabeza recurrentes, insomnio, irritabilidad y fatiga crónica derivados del estrés— han experimentado un repunte drástico, saltando del 27,8% al 38,5%.
Este desgaste no impacta a todos por igual. El informe EASE (El Estrés Escolar en el Alumnado de Secundaria en España), elaborado por la Universidad de Sevilla, desvela una fractura de género muy acusada: el 41% de las chicas de Secundaria reconoce sufrir una alta presión escolar, una cifra que casi duplica el 23,8% registrado entre los chicos. Los datos del Ministerio de Sanidad refuerzan esta brecha al advertir que este malestar escala hasta afectar a más de la mitad (51,2%) de las alumnas en los tramos de mayor edad de la etapa.
A este panorama se suma la radiografía del Barómetro de UNICEF, que señala que 4 de cada 10 adolescentes en España afirman haber experimentado problemas de salud mental en el último año. El dato más crítico para el ecosistema educativo es el muro del silencio: más de un tercio de ellos no lo habla con nadie y la gran mayoría opta por no pedir ayuda, a menudo lastrados por el miedo a defraudar o por la carencia de cauces de apoyo emocional dentro de los centros.
Toni García Arias, profesor de Sociología de la Educación en la UDIMA, director del Máster de Psicopedagogía y del Máster de Dirección, Liderazgo y Gestión de Centros Educativos en la VIU, Top 50 del Global Teacher Prize 2023, Global Teacher Award 2021 y Mejor Docente de Primaria de España 2018, destaca que el burnout infantil es, en gran medida, “el reflejo del mundo que los adultos hemos construido”. El experto explica que la sociedad ha impuesto a los niños una dinámica donde “siempre hay que hacer más, conseguir más y destacar más”, lo que se traduce en jornadas maratonianas. “Muchos niños viven con horarios propios de un trabajador: empiezan a las siete y media y terminan a las ocho y media de la tarde, sumando trece horas de productividad”, detalla García Arias, quien añade que los menores apenas disponen de tiempo para jugar, aburrirse o descansar.
“Cuando el error se vive como una oportunidad, aumenta la perseverancia, la motivación y la confianza; cuando se vive como un fracaso, aparecen el miedo, la ansiedad"
El modelo educativo y social actual somete a la infancia y a la adolescencia a una espiral de exigencia constante cuyas consecuencias ya se vislumbran en forma de agotamiento emocional. Así lo advierte Marc Lloret Parra, profesor de Educación Física, jefe de departamento en el IES Blasco Ibáñez de Cullera, miembro del Grupo de Investigación SAFE de la Universidad de Murcia y director pedagógico de VELABASKET Academy, quien analiza los retos de un sistema que, a su juicio, necesita replantear con urgencia su definición del éxito.
Vivimos en una sociedad hipercompetitiva donde a los menores se les exige rendimiento desde una edad muy temprana. Según explica el especialista, el burnout infantil «no aparece por casualidad», sino que es, “en gran medida, el reflejo de un modelo adulto que ha trasladado a la infancia una cultura de la productividad y del rendimiento constante”. Lloret indica que se han normalizado agendas repletas de actividades, la comparación permanente y la sensación de que siempre hay que destacar, ya sea en las notas, en el deporte o en los idiomas.
El docente matiza que el problema no radica en exigir esfuerzo, un factor que califica de “imprescindible para aprender”, sino en el momento en que el valor personal queda ligado de forma exclusiva al resultado. En ese escenario, remarca, el error deja de ser una parte natural del aprendizaje y pasa a interpretarse como un fracaso.
Por ello, sostiene que uno de los grandes retos educativos actuales es “resignificar el error”. El experto subraya la necesidad de que los niños entiendan que equivocarse no significa no ser capaces, sino estar aprendiendo, ya que cada fallo aporta información valiosa sobre aquello que se debe mejorar. “Cuando el error se vive como una oportunidad, aumenta la perseverancia, la motivación y la confianza; cuando se vive como un fracaso, aparecen el miedo, la ansiedad y, con el tiempo, el agotamiento emocional”, asevera.
En esta línea, el psicólogo educativo, orientador escolar y coordinador de la Sección de Psicología Educativa del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid, Antonio Labanda Díaz, apunta que “un termómetro claro es las calificaciones escolares” para detectar que un alumno sufre estrés crónico, y señala que el problema también se manifiesta a través de “dificultades para el sueño, somatizar, variaciones en el estado de ánimo, alimentación”. Asimismo, el psicólogo educativo Antonio Labanda recalca que es «muy importante, regular las adiciones a las redes sociales, juegos por internet, acceso a cualquier aparato electrónico», al tiempo que aboga por “hablar en familia, tener momentos de conversación, tener momentos de ocio familiar, etc.” y prestar especial atención a que “sobre todo aquellos niños con algunas dificultades tanto cognitivas como emocionales o trastornos del neurodesarrollo, acompañarlos y evitar un posible acoso escolar”.
En cuanto a los detonantes de este agotamiento extremo, el psicólogo educativo Antonio Labanda explica que “cuando un niño sale de 6º de Ed Primaria y va al instituto o a su mismo centro para en la etapa de la ESO, es importante que tenga en cuenta que la organización y la exigencia de la nueva etapa es algo que cambia con respecto a la etapa de primaria”. Por este motivo, el psicólogo educativo Antonio Labanda defiende que “trabajar la planificación y organización en 6º de primaria es fundamental, así como las Técnicas de Trabajo Intelectual (TTI)”, advirtiendo además de que “un niño sobreprotegido en la etapa de primaria hace que su autonomía y capacidad de enfrentarse a situaciones nuevas tenga menos recursos y herramientas de afrontamiento”. En esta línea, el psicólogo educativo Antonio Labanda critica que hay familias que llegan a estudiar con sus hijos hasta el punto de confesar en consulta: “Yo estoy haciendo 6º de primaria o 1º de ESO, ...”.
Analizando el impacto a nivel neurológico y emocional, el psicólogo educativo Antonio Labanda indica que “cualquier situación de estrés o de falta de autorregulación emocional son factores que se perciben como un bloqueo emocional influyendo en la atención y en la motivación escolar”, por lo que remarca que “trabajar funciones ejecutivas es fundamental para mejorar aspectos fundamentales que influyen en el aprendizaje”. Para ello, el psicólogo Labanda anima a “fomentar la curiosidad, la alegría, la seguridad y la admiración” por tratarse de “emociones claramente relacionadas con el aprendizaje”.
Finalmente, de cara a frenar esta dinámica en el ámbito doméstico, Labanda recuerda que “es cierto que hay niños con algunas dificultades” que “deben ser acompañados para una mejor inclusión”. El psicólogo lamenta que “hay familias que no expresan las dificultades de su hijo, pensando que con ello no están señalados”, y sentencia que “a un niño con estas características hay que ayudarlo, lo importante es el niño y las posibles ayudas de inclusión que ofrece la nueva etapa de estudios”, concluyendo que “trabajar la autonomía y la regulación emocional en el contexto familiar, proporcionando una mejor y mayor autorregulación, favorece la motivación escolar, un bajo nivel de ansiedad y de frustración”.
El abismo sistémico: del aula flexible a la meritocracia fría
¿Por qué se produce este colapso? La respuesta científica apunta al llamado developmental mismatch o desajuste evolutivo. El salto a la Secundaria sitúa a los menores en un entorno mucho más impersonal, competitivo y enfocado de forma exclusiva en la nota y el rendimiento, justo en el momento vital en el que su cerebro demanda mayor flexibilidad, seguridad identitaria y comprensión emocional.
El paso a la Secundaria representa uno de los cambios más complejos en el desarrollo adolescente, una etapa en la que confluyen nuevas exigencias académicas, una mayor multiplicidad de profesores, cotas más elevadas de autonomía y el propio proceso de construcción de la identidad. Sin embargo, Lloret apunta un factor diferencial muy claro respecto a generaciones pasadas: el enorme volumen de estímulos que compiten permanentemente por la atención de los jóvenes.
En este sentido, Lloret señala que las pantallas no solo generan presión social, sino que también representan un ocio extremadamente atractivo que compite de forma directa con el tiempo y el esfuerzo que demanda el aprendizaje. El cerebro adolescente, recuerda, busca de manera natural experiencias inmediatas, novedosas y altamente gratificantes, frente a un estudio que requiere concentración, paciencia y recompensas a largo plazo.
A esta dinámica se añade la comparación constante impulsada por las redes sociales. El profesor apunta que los adolescentes actuales no solo estudian más, sino que también experimentan la presión de tener que proyectar una imagen de éxito permanente. A esto se suma el fin de la desconexión: mientras que antaño los conflictos finalizaban al cruzar la puerta del colegio, hoy continúan veinticuatro horas al día a través de grupos de mensajería, redes sociales y videojuegos online. El resultado, concluye, es una saturación cognitiva y emocional que frena la capacidad de mantener la atención, descansar y recuperar la energía indispensable para adquirir nuevos conocimientos.
Los expertos consultados recuerdan que el burnout escolar se compone de dos grandes vectores: el agotamiento profundo (provocado por tardes eternas de deberes y una rumiación constante que invade el tiempo de ocio) y el cinismo o desapego (la desconexión emocional del alumno cuando siente que el esfuerzo no le compensa o que las expectativas adultas son inalcanzables).
En esta misma línea, Francesc Vicent Nogales Sancho, maestro de Primaria y profesor en la Universidad Europea de Madrid, asegura que vivimos en una sociedad hipercompetitiva donde a los menores se les exige rendimiento desde muy pequeños. Sin embargo, Nogales apunta a un trasfondo social más complejo: por un lado, la sociedad actual piensa cada vez más en sí misma y en lo que considera que “pierde” al tener hijos, como “dinero, espacio, libertad…”; por otro, se rige por una lógica profundamente consumista. En este sentido, el docente recuerda la reflexión de Santiago Gerchunoff al señalar que existen familias que llegan a ver a los niños como “cosas”, entendiendo “tener hijos” como “quien tiene un objeto”.
El profesor indica que los padres tienden a centrarse en exceso en la vida de los hijos con el deseo de que “lo hagan todo bien”, que «no sufran», que «no les duela nada» y que «sean felices». Esta sobreprotección se traduce en una hiperactivación diaria: “Los cargamos de actividades, llenamos cada hueco de su vida y parece que si el niño dice "me aburro" eso es malo», sostiene. Además, advierte que el hábito de “la sociedad del dato y la competitividad en el trabajo” se ha trasladado por completo al ámbito infantil, de modo que «todo se mide, se registra, se fotografía, se documenta...”.
“No se trata de demonizar la tecnología, sino de enseñar a utilizarla con sentido crítico; la competencia digital también implica aprender a desconectar”
Además, para este profesor, más allá del plano estrictamente académico, los adolescentes de hoy lidian con las pantallas y la presión de la aceptación social. El maestro explica también que “el cambio a Secundaria siempre es un paso complejo”, debido a que los niños vienen “sobreexcitados” y “acostumbrados a tener ya un móvil, tablet, consola, información constante siempre en su bolsillo”.
A este escenario se une una profunda transformación psicológica propia de la adolescencia, marcada por “una lucha interna por ganar autonomía, libertad de pensamiento y decisión”, todo ello coincidiendo con “el cambio a un nuevo centro escolar”. En este punto, Nogales denuncia una contradicción muy frecuente en el entorno familiar: “Por si fuera poco, los padres dejan de acudir tanto al centro y dejan de preocuparse porque "ya es mayor", cuando en realidad se trata del momento vital en el que el adolescente «necesita más acompañamiento”.
Según el director del Máster de Psicopedagogía de la VIU, las redes sociales han eliminado los espacios de descanso psicológico. Si antes los conflictos escolares terminaban al salir de clase, ahora la comparación, el miedo a la exclusión y el acoso continúan las veinticuatro horas del día.
A esta hiperconectividad se une un uso intensivo de pantallas que reduce drásticamente el descanso y altera la atención. El profesor de la UDIMA advierte de que existen evidencias científicas que señalan cómo el uso excesivo de dispositivos debilita la corteza prefrontal, afectando a la concentración y al autocontrol.
“No se trata de demonizar la tecnología, porque forma parte de nuestra vida, sino de enseñar a utilizarla con sentido crítico; la competencia digital también implica aprender a desconectar”, matiza. Asimismo, cuestiona que sea emocionalmente beneficioso para alumnos de once años pasar de golpe a un macroinstituto expuestos a situaciones complejas sin la madurez suficiente.
El gran peligro, advierten los especialistas, radica en que el rendimiento académico suele mascarar el problema. Muchos alumnos con expedientes brillantes sufren en silencio los estragos del perfeccionismo y el estrés crónico, ocultando un desgaste interno que no aflora hasta que se produce la fractura definitiva.
El estrés tiene un coste biológico
Desde la perspectiva de la neuroeducación, mantener un cerebro en desarrollo bajo los efectos continuos del estrés tiene un coste biológico directo. Lloret explica que el cerebro aprende cuando se siente seguro y que, si bien un nivel moderado de activación puede mejorar el rendimiento puntual, “cuando el estrés se mantiene de forma crónica ocurre exactamente lo contrario”.
El especialista detalla que la exposición prolongada al cortisol altera de manera directa el funcionamiento del hipocampo —pieza clave en la consolidación de la memoria— y de la corteza prefrontal, área responsable de las funciones ejecutivas como la planificación, el control atencional o la toma de decisiones. Paralelamente, se incrementa la activación de la amígdala, lo que empuja al cerebro a priorizar la respuesta de supervivencia frente al aprendizaje.
“Esto significa que un alumno sometido continuamente a presión no aprende menos porque tenga menos capacidad, sino porque su cerebro dedica buena parte de sus recursos a sobrevivir emocionalmente”, recalca. Por esta razón, la neurociencia se muestra categórica en sus conclusiones: “No existe aprendizaje profundo sin bienestar”. Aprender, añade, no depende solo del contenido impartido, sino también del estado emocional desde el que parte el estudiante.
Desde este ámbito, García Arias recuerda que el cerebro infantil necesita seguridad emocional para desarrollarse saludablemente. Cuando el alumnado vive permanentemente preocupado por cumplir las expectativas, el aprendizaje deja de ser una aventura y se transforma en una fuente constante de ansiedad. Por ello, el especialista plantea una reflexión de fondo: “¿Estamos educando para formar personas autónomas y resilientes, o simplemente enseñamos para acumular competencias laborales?”.
Nogales, también indica al respecto que el funcionamiento de un cerebro en desarrollo bajo los efectos constantes del cortisol —la hormona del estrés— deja secuelas profundas. Nogales detalla que “hay varios estudios que demuestran que el exceso de cortisol genera bloqueo cognitivo e imposibilita el desarrollo óptimo del pensamiento para el aprendizaje”. Si bien matiza que “en pequeñas dosis es positivo, como en un breakout educativo”, subraya que debe mantenerse «de forma siempre reducida y controlada».
El docente pone ejemplos muy concretos: “El exceso de cortisol hace que no pueda comprender frases largas, o asociar un estímulo a su consecuencia». La sobreestimulación, el “estar siempre alerta” y el “tener demasiadas cosas en la cabeza” generan una “fatiga crónica” que “no siempre se detecta, pero está presente”, dejando a “niños cansados constantemente». Señales de alarma como “la falta de sueño” o “la pérdida de apetito» evidencian que el menor necesita urgentemente “adultos emocionalmente estables y que reduzcan su nivel de actividades, exigencia y estrés”.
"En la infancia el estrés puntual puede ser adaptativo, pero el problema surge cuando se cronifica y puede resultar catastrófico”
García Arias, asimismo advierte de que, si en la edad adulta resulta peligroso, en la infancia el estrés puntual puede ser adaptativo, pero el problema surge cuando se cronifica y es cuando “puede resultar catastrófico”. Cuando el cerebro se expone de forma continuada a niveles elevados de cortisol, funciones esenciales como la atención, la memoria y el control emocional se deterioran. En este contexto, un estudiante que entra cada día al aula con miedo al fracaso o al rechazo social dedica una gran parte de sus recursos cognitivos a gestionar ese estrés en lugar de aprender.
“Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en crear las condiciones para que el cerebro pueda aprender en las mejores circunstancias posibles”, asevera el experto.
Claves para detectar el agotamiento emocional y cómo afrontarlo desde las aulas
El Colegio Alarcón de Pozuelo de Alarcón advierte de que el incremento de la apatía, la ansiedad y el bloqueo mental entre el alumnado de primero y segundo de ESO es una realidad palpable desde la pandemia de COVID-19. La Dirección Académica y el claustro señalan que este malestar rara vez se manifiesta mediante peticiones explícitas de ayuda o reacciones desproporcionadas, sino a través de señales sutiles como retrasos recurrentes en la entrega de tareas, menor participación, rechazo a las exposiciones orales, cansancio, irritabilidad y un miedo excesivo a equivocarse.
El centro educativo relaciona esta situación con los datos de estudios como el HBSC del Ministerio de Sanidad y la Organización Mundial de la Salud, que reflejan un aumento del malestar psicosomático en los adolescentes del 27,8% en 2018 al 38,5% en 2022, así como con el Barómetro de UNICEF, que cifra en un 41% los jóvenes que declaran problemas emocionales. Desde el colegio indican que el inicio de la adolescencia coincide con cambios evolutivos, presión académica, comparación social y los efectos de la hiperconexión digital, por lo que cuentan con el respaldo continuo del Departamento de Psicología y Orientación junto con una acción tutorial diaria para realizar un seguimiento riguroso y una intervención temprana.
Respecto a la transición entre Primaria y Secundaria, la institución sostiene que el sistema educativo todavía muestra una falta de continuidad entre etapas, a pesar de la autonomía que se concede a los centros. El salto no implica únicamente un cambio curricular, sino pasar de un entorno estable con un tutor de referencia y metodologías globalizadas a otro con numerosos profesores, materias fragmentadas y mayor volumen de tareas, todo ello en plena pubertad. Ante esta realidad, el Colegio Alarcón defiende un proyecto pedagógico vertical con criterios metodológicos comunes desde Infantil hasta Bachillerato y subraya que acompañar emocionalmente no significa rebajar las expectativas, sino plantearlas de forma gradual mediante la enseñanza de la planificación, metodologías activas y el uso de un Plan de Acción Tutorial transversal.
En cuanto al rendimiento escolar, los portavoces del centro prefieren hablar de agotamiento académico o school burnout antes que de simple falta de motivación, y recuerdan que la literatura científica diferencia entre cansancio emocional, distanciamiento respecto a los estudios y sensación de ineficacia. Explican que, a diferencia del desinterés puntual, el agotamiento se extiende al estado de ánimo y a la percepción de uno mismo, manifestándose cuando el alumno quiere responder y se esfuerza, pero siente que no puede llegar a lo requerido. Por este motivo, el colegio descarta enfoques punitivos y apuesta por una disciplina positiva que exige conocer en profundidad a cada estudiante y activar una valoración conjunta entre la tutoría, la orientación y la familia.
Para aliviar la presión académica, el centro remarca que la clave no es eliminar la exigencia, sino coordinarla de manera progresiva y adecuada al momento evolutivo de cada alumno. Para ello, aplican planes de transición entre etapas, calendarios compartidos de exámenes para evitar la acumulación de tareas, evaluación formativa, tutorías con tiempo real, detección temprana y la integración de la educación emocional en el día a día. Además, impulsan iniciativas específicas como el programa CACEI para el desarrollo de la inteligencia emocional, talleres de learning skills y coaching educativo, y mentorías entre iguales para reforzar el bienestar y el aprendizaje, concluyendo que ambos conceptos no compiten entre sí, ya que un alumno emocionalmente seguro se encuentra en mejores condiciones para afrontar cualquier reto.
Enfoques internacionales frente al school burnout
En Europa: Los países nórdicos y del centro de Europa —históricamente los más avanzados en la medición científica de este fenómeno a través de herramientas como el School Burnout Inventory— lideran la respuesta institucional integrando la salud mental directamente en el currículo escolar.
• Finlandia: El modelo nacional "Schools on the Move" (Koululiikkuja) y los protocolos de tutoría intensiva de transición. El sistema finlandés combate el aislamiento del salto a la secundaria reestructurando el currículo para reducir las horas lectivas puramente teóricas e incrementando el tiempo de recreo activo y la cohesión grupal. Asimismo, utiliza un sistema de alerta temprana (Early Warning System) donde los gabinetes psicopedagógicos detectan bajadas en el compromiso antes de que se instale el agotamiento crónico.
• Suecia: Reformas basadas en la Ley de Educación (Skollagen), que obliga legalmente a los centros a proporcionar un equipo integrado de apoyo psicosocial (psicólogos, enfermeros escolares y orientadores) desde el primer día de secundaria. Suecia destaca por implementar programas estructurados de transición donde los alumnos de nuevo ingreso realizan visitas guiadas y convivencias previas para familiarizarse con la fragmentación de aulas y profesores antes del inicio del curso.
"El verdadero éxito, sentencia, consistirá en lograr que los jóvenes aprendan mucho, “pero sin dejarse la salud mental por el camino”
En el resto del mundo: Fuera del continente europeo, naciones con sistemas educativos tradicionalmente hipercompetitivos han tenido que rediseñar sus políticas para frenar los índices críticos de estrés infantil.
• Singapur: A pesar de ser uno de los sistemas con mayor presión académica global, el Ministerio de Educación ha puesto en marcha la estrategia "Learn for Life", eliminando exámenes intermedios en los primeros años de secundaria y reduciendo drásticamente los contenidos memorísticos. El objetivo es desviar el foco de las calificaciones cuantitativas hacia el bienestar holístico, incorporando de forma obligatoria horas de educación del carácter y ciudadanía (Character and Citizenship Education).
• Canadá (provincia de Columbia Británica y Ontario): Implementación del marco "Mental Health Literacy in Schools". Canadá destaca por capacitar activamente a los profesores de secundaria para actuar como primera línea de defensa sanitaria. Los docentes reciben formación específica para identificar los tres componentes del burnout (agotamiento, cinismo e ineficacia) y adaptar de forma flexible las cargas de tareas y evaluaciones durante los primeros meses de adaptación al instituto.
Para redefinir el éxito escolar y salvaguardar la salud mental de la infancia, Lloret defiende que es imperativo transformar la mirada social y educativa sobre el rendimiento. Durante años, lamenta, el éxito se ha vinculado casi de forma exclusiva a las calificaciones numéricas, cuando la verdadera finalidad de la educación debería ser “formar personas capaces de aprender durante toda la vida, adaptarse a los cambios y mantener su bienestar”.
Este cambio de rumbo exige avanzar hacia modelos de evaluación más competenciales, donde el progreso obtenga tanto valor como el resultado final y donde el error recupere su papel como herramienta pedagógica. “Si queremos alumnos resilientes, primero debemos permitirles equivocarse sin que eso ponga en duda su valía”, argumenta.
Asimismo, el director pedagógico insiste en la necesidad de asumir que la escuela ya no opera en un entorno donde el aprendizaje monopoliza el tiempo libre de los jóvenes, sino que compite con múltiples alternativas de ocio diseñadas para capturar la atención al instante. Ante este panorama, aclara que no se trata de convertir cada clase en un espectáculo, sino de generar aprendizajes relevantes, activos y con sentido real para el alumnado.
“El verdadero éxito escolar no consiste únicamente en obtener buenas notas”, concluye el docente. Para Lloret, el éxito radica en conseguir que cada joven abandone el sistema educativo dotado de conocimientos, pensamiento crítico, autonomía, hábitos saludables y “la confianza suficiente para afrontar los desafíos de la vida sin que su bienestar emocional dependa de un número en un boletín de calificaciones”.
Para redefinir el éxito escolar y salvaguardar la salud mental de la infancia, Nogales plantea medidas estructurales muy claras. En primer lugar, aboga por “prohibir las redes sociales como han hecho ya varios países”. Asimismo, reclama “crear una ley que permita a un miembro de la familia estar por las tardes con sus hijos sin necesidad de depender de abuelos, cuidadores o actividades extraescolares”, exigiendo soluciones prácticas: “Si yo tengo dos hijos, que puedan atenderles como toca”.
El profesor llama a despojarse de la obsesión por la cuantificación: “Comprender que no todo se registra, no todo se mide, no todo es cuantificable”. El objetivo, concluye, debe centrarse en “procurar una crianza sana, emocionalmente estable, respetuosa, y también exigir y darles responsabilidades, pero de manera acorde a la edad”.
Para redefinir el horizonte educativo, Toni García Arias propone cambiar una pregunta fundamental en los centros: en lugar de indagar únicamente sobre las notas del alumnado, aboga por interesarse por cómo se encuentra el niño.
Para el divulgador, un buen sistema educativo no es solo el que cosecha excelentes resultados académicos, sino aquel capaz de formar personas emocionalmente equilibradas, críticas y resilientes. Para alcanzar este objetivo, concluye que se exige una verdadera corresponsabilidad: reducir la burocracia, reforzar la orientación en los centros, formar al profesorado en bienestar socioemocional y apoyar a unas familias que a menudo se sienten desbordadas. El verdadero éxito, sentencia, consistirá en lograr que los jóvenes aprendan mucho, “pero sin dejarse la salud mental por el camino”.