En el IES Maximino Romero de Lema, en la pequeña localidad coruñesa de Baio, está ocurriendo algo extraordinario. Mientras el mundo académico debate con temor el impacto de los algoritmos, dos nombres propios han logrado situar al rural gallego en el epicentro de la vanguardia educativa nacional: Fina Paulos Lareo y Óscar Rey Calo.
Ella, con más de 33 años de experiencia y recientemente coronada como Mejor Docente de España 2025 en Secundaria. Él, un experto en informática con 15 años de trayectoria que ostenta el título de Mejor Docente de España 2025 en Formación Profesional. Juntos, no solo comparten centro de trabajo, sino una visión: la Inteligencia Artificial no es el enemigo, sino el pincel para una educación más humana, inclusiva y personalizada.
Un tándem de referencia nacional
Lo que hace única la propuesta de Fina y Óscar es la solidez de sus argumentos. No hablan desde la teoría abstracta, sino desde la trinchera del aula. Ambos han sido galardonados por el Ministerio de Educación por sus proyectos pioneros en competencia digital , transformando la IA en una herramienta para abordar retos sociales como la igualdad de género, la conciencia ambiental o la inclusión de personas con parálisis cerebral.
Su labor ha trascendido las paredes del instituto para convertirse en literatura pedagógica de referencia. Son los autores detrás de obras clave como "Inteligencia Artificial en el aula" (Ed. Garceta, 2025) e "Intelixencia Artificial para a sociedade", textos que hoy sirven de guía a miles de compañeros en todo el país.
De Galicia a los grandes foros tecnológicos
La agenda de este tándem para 2026 es el reflejo de su influencia: desde su participación en el AI Learning Forum de Google en Madrid hasta su presencia en el Gran Debate de la Educación de El Mundo. Fina y Óscar representan ese perfil de docente que el siglo XXI exige: técnicos con alma de humanistas que entienden que el código es importante, pero que el pensamiento crítico y el uso ético son, en última instancia, lo que define a un buen alumno.
En esta entrevista, nos adentramos en su método para entender cómo la tecnología puede ser el mejor aliado de la diversidad y por qué la ética es la asignatura más importante de la era digital.
Fina, acabas de recibir el premio a Mejor Docente de España 2025. ¿Qué significa este galardón para la enseñanza técnica en centros rurales como el vuestro?
Fina: Para mí, este premio no es un reconocimiento individual, sino un reconocimiento al trabajo conjunto que estamos realizando mi compañero Óscar y yo en las aulas de un centro público de un pueblo pequeño del rural gallego. Allí, donde la enseñanza se hace con pocos recursos pero con una enorme vocación, también podemos generar innovación real, impacto social y proyectos que compiten con los de cualquier otro centro de España. La educación pública no tiene por qué tener ningún tipo de barrera, ni en el rural ni en zonas urbanas, si hay voluntad para sacar adelante proyectos y personas que los lleven a cabo.
Formáis un tándem docente inseparable. ¿Cómo ha influido vuestra colaboración en que proyectos de IA tan complejos salgan adelante con éxito?
Óscar: Somos un equipo que trabaja de manera colaborativa. Cada uno aporta al proyecto aquello que mejor sabe hacer y esa complementariedad solo funciona porque existe una confianza absoluta en el trabajo del otro y, por supuesto, siempre con respeto profesional y personal. Materias tan novedosas como la IA, que suponen retos enormes para la comunidad educativa, se benefician mucho de este trabajo en equipo y de la codocencia, ya que ayuda a afrontar situaciones de aprendizaje que son exigentes y, al mismo tiempo, apasionantes. Además, el uso de metodologías como el aprendizaje-servicio ha sido clave para que muchos proyectos no se queden en teoría, sino que tengan un impacto real en la sociedad.
Se habla mucho de prohibir o limitar la IA. Vosotros hacéis lo contrario: la integráis. ¿Cuál es el primer paso para enseñar IA de forma ética a un adolescente?
Fina: Lo primero es construir una visión crítica antes de empezar por la parte técnica. Hay que desmitificar la tecnología y trabajar el pensamiento crítico: la IA no es magia ni es una amenaza; es un conjunto de herramientas que, usadas de manera consciente, pueden proporcionarnos muchas ventajas para nuestro proceso de enseñanza-aprendizaje. Tienen que entender que la IA, y la tecnología en general, tiene sesgos, conlleva valores y responsabilidades, y que deben usarla de forma consciente. Hay que contrastar y revisar la información proporcionada: no todo lo que nos dan es cierto y válido.
¿Cómo combatís el miedo al "plagio" o a la pérdida de pensamiento crítico entre el alumnado?
"Tenemos que ser capaces de aprender de nuevo, integrando la tecnología en el aula sin perder el sentido pedagógico"
Óscar: No hay que centrarse en prohibir el uso de la IA en nuestro alumnado, sino en cambiar la forma de pedir las tareas, adaptando nuestra enseñanza a estas nuevas tecnologías. Si una determinada actividad se puede resolver con una herramienta de IA, entonces no se está evaluando el pensamiento crítico del alumno. Tenemos que rediseñar nuestras actividades para que la IA sea solo un apoyo y el valor importante resida en analizar, comparar, justificar y crear. El alumnado tiene que explicar el proceso que ha seguido para la resolución de la tarea, citar las fuentes que ha empleado, contrastar la información obtenida y reflexionar sobre el uso de la tecnología.
En vuestro libro habláis de la IA "para la sociedad". ¿Cómo se le explica a un alumno que un algoritmo puede tener sesgos o prejuicios?
Fina: Se le explica cómo aprende la IA (el aprendizaje automático o Machine Learning) basándose en datos; miles de datos que le vamos proporcionando nosotros, cada uno desde un entorno y con unas características muy concretas y visiones diferentes, en un contexto social determinado. Cuando ven que la IA tiene esos sesgos o desigualdades —más con unas personas que con otras— entienden que los algoritmos reflejan decisiones humanas y contextos sociales; por ejemplo, cuando le pedimos una cierta fotografía. Analizamos casos reales y entre todos detectamos los sesgos, no para demonizar la IA, sino para formar futuros profesionales que sean capaces de corregirlos.
Vuestro trabajo con personas con parálisis cerebral es inspirador. ¿Cómo reacciona un alumno cuando ve que el código que ha escrito mejora la vida de alguien real?
Óscar: Nosotros trabajamos con la metodología de aprendizaje-servicio, una forma de trabajar que coloca al alumno frente a un reto real al que debe darle una solución para mejorar la vida de otra persona. Esto nos permite trabajar con el alumnado muchos valores que, tratarlos en el aula de forma teórica, sería difícil; de esta manera es mucho más sencillo y eficaz. Cuando el alumno crea una aplicación que va a permitir a una persona con parálisis cerebral comunicarse mejor con su cuidador, ganar en autonomía o tener cierta independencia, comprende que la IA es una herramienta con la que puede ayudar y que es beneficiosa para la sociedad. Eso cambia totalmente su manera de trabajar, aumenta su motivación y el aprendizaje se convierte en algo significativo.
¿Es la IA la herramienta definitiva para lograr una educación verdaderamente inclusiva?
Fina: La IA no es una varita mágica, pero desde luego es una herramienta que permite el trabajo adaptativo y personalizado a las necesidades concretas del alumno. Con IA podemos traducir a cualquier idioma facilitando la inmersión lingüística, podemos adaptar contenidos para un alumno con diversidad visual o auditiva, o generar apoyos personalizados para un alumno con TEA o TDAH, entre otros ejemplos.
¿Podéis contarnos algún proyecto reciente del que estéis especialmente orgullosos este trimestre?
Óscar: Un proyecto del que nos sentimos muy orgullosos es “O cabazo da memoria”, donde el alumnado ha utilizado la tecnología para preservar y poner en valor la memoria histórica de nuestra comunidad. El objetivo era comprender nuestro patrimonio inmaterial: escuchar y trabajar con nuestros mayores recogiendo sus historias y relatos para convertirlos en fotografías que nos hablen. El alumnado tuvo que recoger las fotografías, restaurarlas, darles vida y luego presentar el proyecto. Es un trabajo intergeneracional que convierte a la tecnología en un puente entre la memoria del pasado y el presente. Fue una labor donde no solo se transmitieron conocimientos, sino también valores emocionales.
Con la IA evolucionando a pasos agigantados, ¿cuál es hoy la competencia más importante que debe tener un profesor?
"El reto está en construir un marco legislativo coherente y alineado con la realidad de las aulas"
Fina: La competencia más importante es la capacidad de adaptar su forma de enseñar a unos tiempos en los que las nuevas tecnologías evolucionan más rápido que los currículos. No se trata de dominar todas las herramientas, sino de mantener una actitud abierta y crítica que permita actualizarnos, revisar prácticas o cambiar nuestras metodologías cuando sea necesario. Tenemos que ser capaces de aprender de nuevo, integrando la tecnología en el aula sin perder el sentido pedagógico.
Muchos docentes se sienten abrumados por la tecnología. ¿Qué consejo le daríais al que no sabe por dónde empezar?
Óscar: La tecnología no deja de ser una herramienta dentro de nuestro ecosistema educativo, no un fin en sí misma. Desde nuestra experiencia como docentes y formadores, tenemos claro que debe tener siempre un sentido pedagógico. De hecho, solemos decir algo que resume bien nuestra visión: "No existe inteligencia artificial sin inteligencia natural".
Lo primero que decimos es: no intentéis abarcarlo todo. No hace falta empezar por lo más complejo. Lo importante es comenzar por aquello que realmente ayude en el día a día: herramientas básicas de comunicación, organización de contenidos o gestión de tareas ya suponen un gran avance y reducen la carga administrativa. También es clave entender que no pasa nada por no usar tecnología en todo momento. Forzar su uso sin sentido genera frustración. En cambio, cuando se utiliza para mejorar procesos —hacer las clases más claras, atender a la diversidad o ahorrar tiempo— es cuando realmente cobra valor.
¿Cómo ha cambiado vuestra propia forma de evaluar desde que la IA entró en la ecuación?
Fina: Nos ha obligado, sobre todo, a repensar qué y cómo evaluamos. El primer cambio ha sido metodológico: ya no tiene sentido plantear tareas que el alumnado pueda resolver sin reflexión crítica. Ahora es clave diseñar actividades en las que tengan que interpretar, cuestionar y hacer suyo el aprendizaje. Hemos reforzado el trabajo en el aula, priorizando procesos frente a productos finales: más escritura en clase, más acompañamiento y, sobre todo, más defensa oral. La explicación de lo que han hecho es fundamental para comprobar el aprendizaje real. También incorporamos la IA de forma explícita, planteando tareas en doble modalidad (con y sin IA) para comparar resultados y analizar sus límites. No se trata de evitarla, sino de enseñar a usarla con criterio.
Estamos en un trimestre clave para la regulación de la IA. ¿Creéis que la legislación va al ritmo de lo que ocurre en vuestras aulas?
Óscar: Resulta complicado seguir el ritmo trepidante de la tecnología; cada avance trae nuevos retos incluso antes de haber legislado sobre los anteriores. Es evidente que hay que regular el uso de la IA, pero debe hacerse con sentido pedagógico y realista. Muchos debates actuales, como los sesgos o la privacidad, ya estaban presentes antes. Todavía encontramos incoherencias: se exige desarrollar competencias digitales como el uso del correo electrónico en secundaria cuando hay alumnado de 13 años que, legalmente, no cumple con la edad mínima para ciertos registros según la LOPD. El reto está en construir un marco legislativo coherente y alineado con la realidad de las aulas.
¿Qué le falta al sistema educativo español para que casos como el vuestro dejen de ser "excepcionales" y sean la norma?
"Buscamos que el alumnado asuma un papel protagonista, fortaleciendo su autonomía, creatividad y conexión con el entorno"
Fina: No creemos ser personas excepcionales; en nuestras aulas hay mucho talento, vocación e ilusión. Lo que realmente falta es tiempo y perder el miedo a equivocarse. El error forma parte del aprendizaje y asumirlo nos hace crecer. No hay una "ciencia" oculta en la implicación o el esfuerzo: son cualidades humanas que ya definen nuestro día a día. En España hay muchos profesionales comprometidos, pero demasiados proyectos se quedan encerrados en el aula. Necesitamos que trasciendan, que se compartan más entre centros y generen una red auténtica de colaboración. El aprendizaje significativo debe ser el eje: que el aula funcione como una puerta abierta a la vida, no como un espacio aislado.
¿Cuál es el siguiente reto que tenéis en mente para el próximo curso?
Óscar: Nuestro principal reto es consolidar lo aprendido y avanzar en la integración de metodologías activas. Buscamos que el alumnado asuma un papel protagonista, fortaleciendo su autonomía, creatividad y conexión con el entorno. Además, queremos seguir fomentando el espíritu crítico ante la IA, ayudando a que tanto docentes como estudiantes recuperen el papel central en el proceso de enseñanza-aprendizaje, comprendiéndola como lo que debe ser: una herramienta valiosa, pero solo una herramienta.
Si tuvierais que definir el aula del futuro en una sola frase, ¿cuál sería?
Los dos: Un espacio abierto, flexible y humano, donde aprender signifique descubrir, crear y compartir; con docentes que guían y contextualizan el conocimiento, y alumnos conscientes de su propio proceso de aprendizaje, capaces de transformar su realidad y la sociedad en la que viven.