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Aprendizaje-servicio y justicia social

F. Javier Murillo y Pilar Aramburuzabala

Ilustración de Antxon Herrero

Cuadernos de Pedagogía, Nº 450, Sección Tema del Mes, Noviembre 2014, Editorial Wolters Kluwer, ISBN-ISSN: 2386-6322

Para que el aprendizaje-servicio se convierta en una estrategia educativa que ayude a la transformación colectiva necesita de un enfoque de justicia social, en caso contrario se queda en mera caridad, que refuerza la desigualdad. Dicho enfoque es necesario que esté basado en unos principios y en un diseño que profundicen en la reflexión y el sentido crítico para la acción. La educación por sí sola difícilmente puede cambiar la sociedad, pero sin ella es imposible hacerlo.

F. Javier Murillo y Pilar Aramburuzabala. Profesores de la Universidad Autónoma de Madrid. Grupo de Investigación "Cambio Educativo para la justicia social". Correo-e: javier.murillo@uam.es; pilar.aramburuzabala@uam.es

El aprendizaje-servicio (ApS) implica justicia social, o es caridad. Así de sencillo, así de contundente. Y como Paulo Freire nos recordaba, la caridad no solo no es capaz de cambiar las situaciones injustas, sino que las refuerza y mantiene.

El aprendizaje-servicio, más que una metodología docente o una estrategia de enseñanza, es un movimiento pedagógico que relaciona el trabajo académico y el compromiso con la comunidad, dentro de un marco de respeto, reciprocidad, relevancia y reflexión; es un enfoque que busca acercar lo personal y lo social, el aula y la comunidad. Comparte con la educación para la justicia social supuestos y finalidad, pero son dos formas de ver una misma realidad, por lo que la colaboración entre ambos es más que necesaria.

Efectivamente, por una parte, el aprendizaje-servicio se basa en un enfoque de justicia social para que realmente cumpla sus objetivos, para que no se convierta en un simple acto de caridad; y, por otra, es una estrategia fundamental para conseguir una educación en justicia social, una estrategia que combina la acción y la reflexión para el cambio social.

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Educar para la justicia social, una necesidad

Solo hay que mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que vivimos en una sociedad cada vez más injusta. La economía de mercado, la crisis, la globalización hacen que las inequidades por clase social, por cultura, por capacidad, por género se acrecienten día a día. La educación puede jugar un papel importante en la construcción de una sociedad más justa, pero también en el mantenimiento de las desigualdades. Cierto es que la educación por sí sola difícilmente puede cambiar la sociedad, pero sin ella es imposible hacerlo. Ante esta realidad, una educación enfocada a cambiarla se convierte, hoy, en una necesidad.

John Rawls, quizá el filósofo político más importante del siglo XX, decía que no es suficiente con que las instituciones básicas de la sociedad sean ordenadas y eficientes, es necesario que sean justas. Y si no lo son, deben ser "reformadas o abolidas". Si aplicamos su tesis a la educación, la idea es nítida: las escuelas y universidades, o son socialmente justas, o las cerramos. ¿Nuestros centros educativos trabajan por la justicia social o se limitan a reproducir las injusticias? Linda pregunta.

Pero empecemos por el principio: ¿Qué es justicia social? Hay pocos términos más usados y gastados, tanto, que ha llegado a perder su significado. ¿De qué hablamos cuando nos referimos a una educación para la justicia social? De entrada, nos gusta hablar de justicia social como "verbo" en el sentido de que no es algo ya fijado, sino que evoluciona y cambia; y reconocemos que es un término cargado de ideología: implica una imagen del mundo y una utopía para una sociedad mejor. Pero eso no es razón para no abordarlo, todo lo contrario.

Aunque resulte poco adecuado empezar dando el negativo de la fotografía, aportaremos cuatro ideas de lo que para nosotros no es justicia social:

No es solo Derechos Humanos. La dignidad de las sociedades implica el cumplimiento de los derechos humanos, y una de las primeras obligaciones de los poderes públicos es garantizarlo. Pero no nos engañemos, es un punto de partida necesario, no un fin. Una sociedad justa es mucho más.

No es igualdad de oportunidades. Difícilmente podemos quedarnos satisfechos con una sociedad en la que cualquier persona tenga las mismas oportunidades de ser pobre o rica (incluso si esta igualdad de oportunidades no fuera, como lo es en la actualidad, una falacia). Triste sociedad es aquella en la que uno de cada tres niños está en riesgo de pobreza, mientras algunos guardan sus abultados depósitos en Suiza.

No es solo distribución equitativa de bienes. Sin desvalorizar un ápice este elemento, en la actualidad existen muchas discriminaciones por razón de género, capacidad, cultura, origen étnico u orientación sexual, insostenibles en una sociedad justa. Conceptos como el reconocimiento o la participación no son accesorios.

No existe solo dentro de un Estado-Nación. No solo se debe globalizar el dinero, también la justicia. Difícilmente podrá haber justicia social en un mundo en el que las verjas separan a los que tienen mucho de los que nada poseen.

Aunque el concepto de "justicia social" es relativamente nuevo, de mediados del siglo XIX, bebe de los planteamientos de Platón y Aristóteles. Así, este último en su Ética a Nicómaco nos daba un sugerente punto de partida: "Dar a cada uno lo que le corresponde, es decir, en proporción a su contribución a la sociedad, sus necesidades y sus méritos personales". Sin embargo, es en estos últimos años cuando más atención se le ha dedicado al mismo, tanto desde la teoría como desde la práctica. Desde nuestra visión, entendemos el concepto de justicia social con las tres r: redistribución, reconocimiento y representación (Fraser, 2008; Murillo y Hernández-Castilla, 2011). La justicia social, como redistribución, se fundamenta en los principios de equidad -a cada persona una parte igual, lo que implica que las instituciones sociales deben compensar los "azares de la naturaleza" para garantizar la equidad de resultados-, y de diferenciación -las desigualdades solo se pueden justificar si benefician a los más desaventajados-. En segundo término, el reconocimiento, se entiende como ausencia de dominación cultural, como reconocimiento y respeto. Lo que implica la valoración de las minorías étnicas, culturales y sexuales. Por último, la representación implica garantizar la participación de todas las personas en las decisiones que les afectan, especialmente a aquellos que han sido sistemáticamente excluidos debido a su etnia, edad, género, habilidad física o mental, educación, orientación sexual, situación socioeconómica u otras características del grupo de pertenencia.

La Educación "para" la Justicia Social es una forma de entender la educación enfocada a la consecución de una sociedad más justa (Adams, Bell y Griffin, 2007). Y, para ello, es necesario contemplar dos elementos: una educación "en" justicia social, que aborde la temática de la justicia social en el currículo o a través de él; y una educación "desde" la justicia social, que en su acción sea coherente con su discurso. Así, sin entrar en detalle, si nos referimos a la Redistribución, pensamos en una educación de todos y para todos (inclusiva) y donde todos aprendan (eficaz); si hablamos del Reconocimiento, nos importa que sea una educación multicultural; y si abordamos la Representación, estamos planteando la importancia de una educación democrática.

El aprendizaje-servicio como estrategia

Pero volvamos al aprendizaje-servicio. Como decíamos, es una estrategia clave para una educación en justicia social, pero también, la justicia social ofrece un enfoque que le da al ApS su significado real y su orientación teórica.

La educación en justicia social comienza con las experiencias de los estudiantes y poco a poco va profundizando hacia una perspectiva crítica de lo que lo rodea, y hacia una acción directa enfocada al cambio social (Cipolle, 2010). Así, partiendo de ciertos elementos que definen la educación para la justicia social es posible establecer algunas características del aprendizaje-servicio con esa orientación:

El estudiante como centro de la acción

La educación para la justicia social busca que los estudiantes aprendan a valorarse, a confiar en los demás, a compartir ideas de forma abierta y a colaborar en temas de interés mutuo. Respetar y valorar las habilidades, los intereses y las opiniones de los estudiantes es un elemento clave que orienta la acción del docente. En el ApS los estudiantes participan en todo momento: desde la elección del tema de su proyecto, en el que se potencia que esté conectado con sus propias experiencias vitales, hasta la valoración del cambio generado.

Colaboración dentro del aula y con la comunidad

Las buenas experiencias fomentan la creación de una comunidad-aula en la que los estudiantes cooperan entre sí para aprender, para resolver problemas, para mediar en los conflictos. Igualmente se fomenta la interacción abierta, sincera y efectiva entre la escuela y la comunidad. Todo ello elementos claves en una visión del ApS para la justicia social.

No se trata solo de teorizar, se trata de vivir la experiencia

El trabajo con proyectos, juegos de rol, simulacros de juicios, simulaciones y experimentos ayuda a que los estudiantes sientan, en propia piel, los conceptos e ideas clave. En este enfoque de ApS los estudiantes colaboran activamente en el diagnóstico de necesidades de la comunidad, en la investigación y en el progreso de los proyectos, así como en el desarrollo de actividades de servicio en la escuela o la comunidad, y en su evaluación.

De la reflexión a la acción

Los estudiantes desarrollan una investigación previa a la acción: entrevistan a miembros de la comunidad, buscan información a través de Internet, examinan fuentes primarias y secundarias. Mediante estas tareas aplican los conocimientos y las competencias adquiridas en su plan de estudios.

Parte del análisis de las causas que generan injusticia

En la escuela, en la universidad, en la comunidad, en la sociedad y en el mundo. Así, desde un enfoque crítico de la situación actual, los estudiantes y docentes analizan los supuestos e ideas subyacentes, y reflexionan sobre su rol en relación con las cuestiones sociales. Se trabaja para que los estudiantes consideren y escuchen las voces de los que han sido excluidos, pero también que reflexionen sobre su propio papel en relación con el problema.

Con un enfoque inclusivo y multicultural

Un enfoque para la justicia social implica, por un lado, el conocimiento de la historia y de la situación de los grupos de diferentes orígenes étnicos, capacidades, creencias religiosas, géneros, orientaciones sexuales y clases sociales, pero también un abordaje de los problemas desde múltiples perspectivas. La preocupación por tener un enfoque culturalmente sensible y por adoptar un enfoque inclusivo en el proyecto ha de ser una constante de docentes y estudiantes.

Basado en valores

Reconocer la naturaleza ética y polémica del problema al que los estudiantes se enfrentan en el proyecto, y potenciar el análisis y debate de los valores involucrados son elementos en los se basan las experiencias de ApS que aprenden de las ideas de las educación para la justicia social.

Actuar para cambiar

El servicio es el elemento que le aporta a este enfoque su fortaleza específica para trabajar por la transformación social. Además de aprender acerca de los problemas sociales y cuestionarse las prácticas dominantes, los estudiantes trabajan para cambiar la situación existente. El trabajo se pueden centrar en los derechos de los que son dominados o marginados (inmigrantes, personas con discapacidades, pobres, los muy jóvenes, los muy viejos, y los de culturas y religiones minoritarias), pero no solo. El enfoque que defendemos se define por su propósito y su configuración, no por el tipo de servicio.

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Ideas para un programa de aprendizaje-servicio

Con todo lo dicho hasta aquí es posible aportar algunas ideas útiles para elaborar un programa de aprendizaje-servicio dirigido a la justicia social.

En primer lugar, es necesario introducir a los estudiantes en el contexto local subrayando los temas de política pública. Un punto de partida ha de ser que los estudiantes tengan una información completa y crítica sobre la problemática con la que trabajarán. Así, es importante iniciar con una presentación detallada del contexto y las políticas públicas de los problemas locales que influyen en la situación observada, de la historia y evolución de la comunidad, sus datos estadísticos clave, el origen de la situación problemática, a quién afecta, cómo evolucionará.... Una buena estrategia es invitar a responsables locales o de movimientos sociales para que hablen con los estudiantes acerca de las cuestiones de política pública que afectan y forman parte de las necesidades de la comunidad.

En segundo lugar, es preciso fomentar la reflexión crítica. En la medida en que los estudiantes puedan profundizar sobre la problemática que se aborda, su origen histórico, sus causas, consecuencias e implicaciones, deben preguntarse por qué se está consiguiendo ese compromiso con la justicia social. Paulo Freire decía que acción sin reflexión se queda en el activismo. Las buenas prácticas de aprendizaje-servicio buscan la reflexión individual y colectiva, utilizando una amplia variedad de estrategias para ello: actividades escritas, debates, expresiones artísticas, de carácter individual o grupal, etc.

También hay que apoyar el compromiso a largo plazo. Si conseguimos que el servicio sea menos una actividad puntual y descontextualizada, y más un compromiso a largo plazo, estaremos logrando esa vinculación con la justicia social. Las actividades más prolongadas en el tiempo son más útiles para la comunidad, y permiten a los estudiantes una mayor vinculación y empatía con ellas. Implican un proceso de institucionalización del cambio y, por tanto, una transformación real.

Y, finalmente, hay que construir conexiones académicas con diversas disciplinas. Las experiencias de ApS que logran encontrar enlaces y puntos de encuentro y desarrollo con diversas disciplinas académicas generan una mayor reflexión y compromiso de los estudiantes. Así, algunas ideas son fomentar que los estudiantes utilicen sus experiencias de ApS para hacer trabajos en distintas materias, crear cursos y actividades globalizadoras o, en FP y Universidad, que las actividades de ApS sean sus prácticas profesionales. El trabajo interdisciplinar es especialmente útil en la búsqueda de soluciones innovadoras a los problemas sociales, dado que los problemas, lo son.

En estos duros momentos de zozobra social, los educadores nos hemos de comprometer con la construcción de una sociedad más justa. Está demostrado que el aprendizaje-servicio es una excelente estrategia educativa que logra mejorar los aprendizajes curriculares, pero no puede quedarse ahí. Si el enfoque es un actuar sin una reflexión crítica, sin un compromiso activo con la comunidad y con la sociedad, se quedará en un mero acto de caridad que solo contribuirá a afianzar la situación actual. Si, por el contrario, está basado en las ideas antes señaladas puede convertirse en el mejor camino para el cambio social.

Para saber más

Adams, Maurianne; Bell, Lee Anne; Griffin, Pat (2007). Teaching for Diversity and Social Justice. Nueva York: Routledge.

Cipolle, Susan Benigni (2010). Service-Learning and Social Justice: Engaging Students in Social Change. Lanham, MD: Rowman & Littlefield Education.

Fraser, Nancy (2008). Escalas de Justicia. Madrid: Herder.

Murillo, F. Javier y Hernández-Castilla, Reyes (2011). "Hacia un concepto de Justicia Social", en REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, vol. 9, n.o 4, pp. 7-23. Disponible en:

http://www.rinace.net/reice/numeros/arts/vol9num4/art1.pdf

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