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Infancia y trastorno
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Infancia y trastorno

Freire, Heike

Cuadernos de Pedagogía, Nº 419, Sección Tema del Mes, Enero 2012, Wolters Kluwer

- Javier (6 años) es un torbellino, desobediente y provocador. En el cole se niega a hacer las fichas; en la consulta, no para y responde a las preguntas antes que sus padres. Sufre impulsividad con conducta desafiante. “Desde que toma la pastilla no tenemos niño”, afirma su madre.

- Luis (9 años) aprende con facilidad pero se distrae en clase, llama la atención, hace el payaso: “Mis amigos hablan y yo les contesto; entonces no escucho al profe, pero me entero igual porque repite las cosas y después las aprendo”, explica sonriendo.

- Carmen (5 años) procede de una familia desestructurada, con bajos ingresos y muchos problemas. En su trágica historia vital, el TDAH “es lo mínimo que le podían poner”, asegura su profesora, que la encuentra deprimida y con baja autoestima.

- Pedro (15 años), tras varios abandonos, fue adoptado, con 3 años, por una familia española: “En casa era una pelea continua: provocaciones, insultos; yo me irritaba, le pegaba -cuenta su madre-. Desde de que a los 9 empezara a medicarse, no he vuelto a ponerle la mano encima.”

- Carlos (7 años) tiene dificultades para aprender y estarse quieto. “No rinde”, dice la maestra. Diagnosticado de TDAH y tratado con Rubifen, ya no juega al balón en el patio con sus compañeros: “Se queda quieto y se aleja de nosotros”, comentan.

- Zoe (6 años) es una niña activa y charlatana que reclama atención. Cuando sus padres decidieron medicarla, la maestra había conseguido positivar su conducta: “Ahora no da problemas y hace un trabajo más cuidado -asegura-, pero muchas veces está apática y cansada.”

- Marta (12 años) se acaricia el cabello absorta, muy lejos de las matemáticas. El curso pasado repitió, y este ha suspendido todas las asignaturas. Sus padres, separados hace tres años, están desesperados. Al recibir el diagnóstico, se sienten aliviados.

- Juan Antonio (9 años) es un niño afable y tranquilo. Su maestra se queja: “No lleva el ritmo de la clase y tengo 20 niños más que atender”. El neuropediatra dictamina TDAH. Su madre no está de acuerdo: “Es un niño normal, solo necesita más tiempo, ir más despacio.”

Todos estos escolares comparten un mismo destino: el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Más allá de las etiquetas, sus historias de fracaso escolar y problemas de conducta esconden las vivencias de individuos, familias y escuelas, con sus conflictos y dolores, y las formas en que consiguen resolverlos.

Una epidemia moderna

Descrita, por primera vez, por el doctor George Still, en 1902, la hiperactividad ha aumentado asombrosamente su incidencia entre la población infantil de los países occidentales en los últimos veinte años (un 300% en Estados Unidos). El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría, definía el TDAH, en 1980, como un síndrome conductual heterogéneo, caracterizado por dos subtipos de síntomas: una intensa actividad motora con impulsividad (hiperactividad) y déficit de atención. Este último se relaciona con cometer errores por descuido, no escuchar, no terminar las tareas, no seguir instrucciones, tener dificultades para concentrarse y distraerse fácilmente. Quienes sufren de hiperactividad e impulsividad se muestran inquietos y ansiosos, hablan en exceso, se mueven constantemente, actúan sin pensar e interrumpen a los demás. Un paciente puede enmarcarse en un subtipo o en ambos. Los síntomas deben ir asociados a un grado moderado de desajuste psicológico, social o educativo, y prolongarse durante, al menos, seis meses. Los resultados académicos (especialmente suspender en Primaria) son determinantes. Expertos como el doctor Russel A. Barkley consideran el TDAH una forma de inmadurez cerebral “que afecta a la memoria verbal y no verbal, la autorregulación emocional y la capacidad de organización y planificación”.

Según las estimaciones, en Españ padecen TDAH entre un 5% y un 10% de los escolares; pero algunos psiquiatras afirman que un 75% de casos está todavía por identificar. Los movidos suelen ser los varones y las desatentas, las niñas; los primeros cuadriplican en porcentaje a las segundas. Son chavales “intranquilos, que hacen las cosas sin pensar, no aprenden, no siguen el ritmo ni acatan las normas... Terminan creciendo en un ambiente hostil: riñas, castigos... Sus padres están desbordados, sus maestros se sienten incapaces de cumplir su función; incluso sus compañeros los rechazan. Entran en una espiral de fracaso”, explica Fátima Guzmán, presidenta de la Fundación Educación Activa. A medida que crece el número de afectados se hace evidente el desconocimiento del tema por parte de la población en general y de los profesionales de la infancia en particular: un 60% de los profesores confiesan no disponer de suficiente información sobre el tema: “¿Son los tontos (lentos, inatentos) y los malos (oposición, exceso de movimiento) de antes, en versión científica?”, se pregunta Ana, maestra de Infantil.

La ignorancia y, paradójicamente, la mediatización del síndrome corren parejas al desconcierto, por la controversia entre los expertos: unos defienden que se trata de una enfermedad crónica, genética y hereditaria en un 70% de los casos; otros lo consideran simplemente un conjunto de síntomas que responden al mismo tratamiento: el metilfenidato, un psicoestimulante que favorece la concentración, pero no cura, es altamente adictivo y posee numerosos efectos secundarios.

Actualmente, los científicos no disponen de un examen objetivo que confirme su base biológica: “Realizamos un estudio neurológico (exploración, electroencefalograma, análisis del sue ño, TAC y resonancia) para descartar un posible daño orgánico; el 99% de estos niños son normales”, explica Marisa, neurofisióloga en un hospital madrileño. Ni las pruebas de imagen ni los estudios de herencia biológica permiten establecer un diagnóstico fiable: “El origen genético es una mera hipótesis, y las neuroimágenes están en estudio, sin resultados concluyentes”, asegura la doctora Eglée Iciarte, profesora de la Universidad de Alcalá de Henares. Bernard Golse, jefe de servicio en el Hospital Necker, de París, concluye: “No está claro si se trata de un síntoma, de un síndrome o de una enfermedad”.

En 1999, el doctor Fred Baughman, neurólogo infantil, desató la polémica acusando directamente a la industria farmacéutica americana de “crear ilusiones de biología y enfermedad”. Para este especialista, el TDAH es una condición psicogénica (es decir, no orgánica), producto de las tensiones de la vida cotidiana, como la ansiedad o el estrés.

El diagnóstico se completa con una serie de test y cuestionarios. Padres y profesionales valoran la conducta de los niños como si no estuvieran involucrados en la situación: “Se adopta un punto de vista del problema, individual, no sistémico”, asegura Beatriz Janin, psicoanalista y profesora de la Universidad de Buenos Aires.

Hace seis años, Eglée Iciarte manifestó públicamente su inquietud por la gran cantidad de diagnósticos equivocados (un 99%, según sus estimaciones) y el uso desmesurado de fármacos: “El TDAH está de moda; se ha convertido en el cajón de sastre para muchos problemas de aprendizaje y de conducta”. Hoy, el número de falsos casos ha bajado al 30%, pero los expertos insisten en la necesidad de realizar un análisis cuidadoso, antes de emitir un veredicto que puede convertirse en una etiqueta colgada, de por vida, en la espalda de un niño.

Con diversos enfoques, el tratamiento suele consistir en una combinación de terapia psicológica, pedagógica, farmacológica y educación de los padres. “Su éxito depende de la buena coordinación entre familia, escuela y profesionales”, asegura Fátima Guzmán.

El problema de la “normalidad”

Según el doctor Breggin, gran parte de los síntomas del TDAH son “expresiones normales de niños aburridos, frustrados, asustados, enojados, traumatizados, indisciplinados o solitarios”. Los protocolos les describen como “más activos e impulsivos de lo normal para su edad”, pero la normalidad depende de coordenadas históricas, sociales y culturales: lo que resulta “natural” en una época se considera una desviación en otra. “La tolerancia de una comunidad hacia la agitación de los niños se funda en criterios educativos y en una representación particular de la infancia”, explica Bernard Golse.

¿Qué es lo que ha cambiado?: “Nuestra sociedad envejecida está olvidando lo que significa ser niño -reflexiona José Carlos Tobalina–; no entendemos sus necesidades ni aceptamos sus puntos de vista. Al impedirles expresarse, estar presentes, pierden la atención.” Para este educador, un niño con déficit de atención está “mal atendido; no mal cuidado en lo material, sino no respetado”.

El TDAH no es, desgraciadamente, la única “rareza” en una escuela convertida en mosaico de “anomalías” que traducen nuestra dificultad para vivir las diferencias, sin temor, y sin la necesidad de marcarlas y separarlas. Etiquetas que amenazan en transformar prevención y tratamiento, en una forma de predicción estilo Pigmalión; en hacer de los problemas una realidad probada, en lugar de contribuir a resolverlos.

Prisa, futuro y tecnología

El espectacular aumento del TDAH podría deberse a las mayores exigencias escolares desde edades tempranas, escasas oportunidades de juego y movimiento autónomo, exceso de estimulación sensorial y falta de apoyo a las familias.

Vivimos un estado de aceleración permanente, en el que no caben la paciencia ni la espera; en una sociedad hiperactiva que, paradójicamente, no soporta el movimiento infantil. Les presionamos para que se comporten como adultos, obtengan resultados y sean productivos, sin respetar sus tiempos ni sus ritmos. “Muchos escolares apenas disponen de diez minutos diarios para jugar; llegan a casa cada día con un camión de deberes”, comenta la educadora Alicia Wesler.

Hasta los 10 o 12 años, edad en la que las estructuras cerebrales encargadas de la capacidad de abstracción están maduras, los niños viven orientados al presente y, solo progresivamente, van aprendiendo a proyectarse en el futuro. Sin embargo, les exigimos planificación y organización cada vez más pronto: “No entendemos su sentido del tiempo”, afirma Consuelo Uceda, maestra de Primaria. Las continuas pruebas para “evaluar el nivel” son un notable factor de estrés: “El incremento del TDAH corre paralelo a la generalización de los exámenes estandarizados”, asegura el escritor Ken Robinson.

¿Un desarrollo madurativo “lento” podría reflejar la sordera e incomprensión de los adultos?

Por su parte, la tecnología, junto con variables como la pérdida de autonomía y espacios de juego, favorece el sedentarismo y un exceso de estimulación sensorial. Uno de cada tres niños llega hoy a la escuela con retraso psicomotor. Chris Rowen, experta en desarrollo infantil, no duda de que la causa son las pantallas: “Les falta movimiento, tacto y contacto humano; necesitan, al menos, tres o cuatro horas diarias de juego activo”.

La velocidad de las imágenes, la intensidad de colores y sonidos y el exceso de información generan un estado de alerta permanente que produce agitación, ansiedad, irritabilidad, fatiga sensorial y dificultades para concentrarse. El consumo de tecnología induce a una búsqueda de satisfacción inmediata, justo lo contrario de lo que representa la escuela. Estudios recientes publicados por la revista Pediatrics confirman que en los primeros siete años de vida, cada hora de pantalla aumenta un 10% el riesgo de padecer TDAH. Además, el ejercicio físico no compensa los daños.

Sedentarios, sobreexcitados, aislados y con escasa autonomía, ¿pueden los niños de hoy adaptarse saludablemente a estas insanas condiciones de vida?

Malestar emocional

Nuestra sociedad acelerada “está desarrollada económicamente, pero subdesarrollada en el plano emocional”, afirma la pedagoga Alicia Vallejo. Las expresiones de tristeza, ira, e incluso alegría, resultan casi siempre engorrosas e inoportunas. Nos faltan tiempo y habilidades para aceptar y comprender unos sentimientos que tendemos a ocultar.

Con un sistema nervioso inmaduro en su dimensión lógicoabstracta, pero receptivo y abierto a las sensaciones, los niños son extremadamente competentes para percibir su malestar emocional y el de su entorno, y tienden a actuar para conseguir conexión y autenticidad. Los síntomas del TDAH podrían expresar las frustraciones y conflictos infantiles: “En las edades tempranas, cualquier problema psíquico, sufrimiento o sobrecarga emocional es evacuado mediante agitación y movimiento descontrolado”, explica Bernard Golse. Una forma de soltar las tensiones ligadas a dificultades familiares y escolares. La falta de atención, por su parte, se relaciona con duelos por separaciones, escasa presencia emocional de los padres (muchas veces centrados en su propio dolor), inseguridad afectiva y necesidad de aprobación: “No es que no atiendan, es que están pendientes de otras cosas”, aclara Beatriz Janin.

Sin un desarrollo del lenguaje verbal que les permita comunicar sus malestares, es natural que cuando los niños se sienten mal, se “porten mal”. En los cuestionarios de diagnóstico, muchas de las preguntas evalúan el mal comportamiento: “habla en forma excesiva, interrumpe, discute y pelea por cualquier cosa, le cuesta esperar su turno, deliberadamente hace cosas para molestar, es negativo, desafiante, hostil hacia la autoridad”. Al convertir el síntoma en una patología, ¿no corremos el riego de estar moralizando científicamente?

La medicalización de los problemas emocionales y de conducta es un rasgo característico de nuestra época. “Las terapias basadas en la palabra han sido reemplazadas, desde los años noventa, por tratamientos bioquímicos”, comenta la educadora Elisabeth Root. “La psiquiatría actual está dominada por la causalidad orgánica y genética y las soluciones farmacológicas”, confirma Eglée Iciarte.

La magia del fármaco permite resolver con pulcritud y rapidez estados emocionales que no sabemos manejar con afecto y presencia. Si algunos estudios señalan las ventajas del metilfenidato para aprender mejor, su uso cotidiano transmite una vivencia del cuerpo como máquina; la vida se controla con “una pastillita que los niños tomamos para portarnos bien”, explica Carlos (7 años). Pero el riesgo, advierte Eglée Iciarte, es “desposeerlos de su voluntad para aprender a gestionar sus emociones”.

¿Es esta la forma de convertirlos en estudiantes motivados, creativos y responsables, o simplemente en alumnos dóciles e integrados?

Una oportunidad para repensar la escuela

“El principal escollo de estos niños son los coles -asegura Fátima Guzmán-. Si el sistema escolar se adaptara, fuera más práctico y menos memorístico, saldrían adelante.”

Los estilos de aprendizaje tradicionalmente privilegiados son otra de las posibles causas del TDAH o, al menos, de la epidemia en que se está convirtiendo: métodos secuenciales, basados en la lectura y la escritura, benefician a quienes pueden sentarse tranquilamente, soportan bien la rutina y absorben información escuchando. Mientras que están en desventaja quienes aprecian la novedad, necesitan estar activos y moverse, aprenden mejor con lo concreto y práctico o mediante estrategias visuales y no verbales.

Asumir, al menos parcialmente, nuestra responsabilidad en los problemas de los niños supone hacer un esfuerzo por conocerlos mejor, respetar y satisfacer sus necesidades auténticas, adaptando los entornos en los que se mueven, en vez de intentar que sean ellos quienes se amolden a nuestras alocadas formas de vida.

Necesitamos una escuela suficientemente abierta, que sepa acoger la singularidad de cada alumno, la multiplicidad de sus estilos de aprendizaje, de sus inteligencias y de sus formas de pensar y sentir. En este tipo de escuela, los síntomas “desadaptativos” pueden transformarse en cualidades valoradas, con las que es posible aprender.

En ocasiones, bastan pequeñas estrategias, como las que emplea Eva, maestra de Infantil: “Ofrecerles las explicaciones más despacio, estar cerca de ellos, cambiarlos de actividad con frecuencia, permitir que se muevan dentro de un orden, confiarles alguna responsabilidad.”

En otros momentos será necesario introducir cambios más globales: flexibilizar el currículo y adecuarlo a los intereses de los niños, incluir las emociones, potenciar el movimiento autónomo, introducir métodos de aprendizaje activo, desarrollar técnicas y grupos de relajación, de motricidad, de entrenamiento cerebral; favorecer la participación en la elaboración de normas, el contacto con la naturaleza y una gestión racional y equilibrada de la tecnología; contribuir a la educación de los padres, crear espacios de juego y socialización. Este tipo de iniciativas, y seguramente muchas otras, pueden redundar en beneficio de niños y adultos, contribuir a construir una sociedad más saludable, amable y acogedora para todos.

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