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Un derecho de la infancia que se debe reconocer

Francesco Tonucci

Investigador asociado, Instituto de Ciencias y Tecnologías de la Cognición del Consejo Nacional de Investigación italiano (CNR), Roma. Responsable del proyecto internacional La Ciudad de las Niñas y los Niños

laboratorio@pop.lacittadeibambini.org

Cuadernos de Pedagogía, Nº 474, Sección Tema del Mes, Enero 2017, Wolters Kluwer, ISBN-ISSN: 2386-6322

Una diferencia sustancial entre ser niño hace treinta o cuarenta años y hoy en día es la desaparición de la autonomía de movimiento. Los niños no pueden salir de casa solos y esto genera un coste muy alto porque les impide jugar libremente, descargar las energías físicas, experimentar el riesgo, lo que crea problemas graves durante la adolescencia. Proponemos a la escuela y la ciudad que se devuelva una suficiente autonomía de movimiento, empezando por la organización de la experiencia “A la escuela vamos solos”.

En la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada por Naciones Unidas en 1989 y adoptada por todos los países del mundo (en España, a partir de 1990) no se prevé un artículo que reconozca el derecho de los niños a moverse autónomamente en su propia ciudad. El único artículo en el que se habla de autonomía es el 23, que trata sobre los derechos de los niños discapacitados y dice que “deben llevar una vida plena y digna, en condiciones que garanticen su dignidad, promuevan su autonomía y faciliten su participación activa en la vida de la comunidad”.

O bien quien escribió el texto de la Convención, hace casi treinta años, pensaba que los niños y niñas sin discapacidad pueden vivir tranquilamente su autonomía, o bien todas nuestras niñas y niños que consideramos “normales” deben ser considerados, por lo menos a este respecto, discapacitados y, por tanto, ¡caer en el ámbito de aplicación del artículo 23!

Creo que es posible afirmar que la diferencia más importante entre ser niños en mi época, pero también en la de mis hijos, y hoy en día es la desaparición de la autonomía de movimiento. Según el investigador inglés Mayer Hillman, quien lleva más de cuarenta años estudiando el fenómeno de la movilidad infantil, en 1970, el 90% de los niños ingleses de 6 a 11 años iban solos a la escuela. ¡En 1990 eran el 10%! Según los datos más recientes de nuestras investigaciones, los niños italianos de escuela primaria que en el 2010 iban a la escuela solos no superaba el 7%. La posibilidad de salir de casa no acompañados (aunque sea dentro de un legítimo marco de reglas definidas por las familias) ha desaparecido, así como la posibilidad de encontrarse con amigos, elegir juntos un juego y practicarlo en un tiempo libre y en un espacio escogido por ser adecuado para el juego en cuestión. Hoy en día, en cambio, los adultos están siempre presentes. Pueden ser los padres, o bien los profesores, animadores, entrenadores, monitores de ludoteca, etc. El contrapunto a la desaparición de la autonomía de movimiento es el enorme aumento de la autonomía en la información y la comunicación gracias a la televisión, Internet y el móvil.

¿Cuánto cuesta a los niños esta ciudad?

Se podría alegar que en los últimos años nuestra vida ha cambiado profundamente debido a los nuevos avances científicos y tecnológicos: la lavadora ha cambiado la vida doméstica; el automóvil facilita el desplazamiento; el ordenador permite comunicar e informarse de una forma impensable hace veinte años, etc. Podría pensarse, pues, que antes los niños salían de casa solos y que hoy en día esto ya no es posible, pero pueden conocer el mundo y comunicar con sus amigos utilizando el televisor, el ordenador y el teléfono móvil.

Parece un razonamiento perfecto, a condición de que estos cambios no causen daños que superen las ventajas que ofrecen. Nadie cuestiona la utilidad de la lavadora, pero se empieza a dudar de la legitimidad del uso indiscriminado de los vehículos particulares.

Intentemos analizar cuánto cuesta a las niñas y niños de hoy en día la imposibilidad de salir de casa no acompañados por un adulto:

  • No pueden jugar, y si no juegan no pueden crecer. El juego, que es sin duda la experiencia que más influye en el desarrollo durante los primeros años de vida (los más importantes de todos), precisa de autonomía y libertad suficientes para que pueda vivirse correctamente. No es posible acompañar a los hijos a jugar, el verbo “jugar” no tiene relación con los verbos “acompañar”, “vigilar”, “controlar”, solo puede conjugarse con el verbo “dejar”.
  • No pueden vivir experiencias de aventura, descubrimiento, obstáculos..., el placer o la desilusión, no serán capaces de asimilar las normas y crear los instrumentos necesarios para enfrentarse al mundo, crecer y conseguir autonomía.
  • No pueden descargar sus energías físicas y satisfacer las necesidades de su cuerpo corriendo, trepando, relacionándose con sus amigos, peleándose con ellos, sin adultos que controlen sus movimientos como si se tratara de un deporte, comprobando que no suden y no se ensucien. El sobrepeso y la obesidad infantil, sin duda vinculados a la movilidad reducida, son considerados por el mundo médico como uno de los peligros más graves para el presente y el futuro de nuestros niños. Además, investigaciones recientes han evidenciado también el vínculo entre los trastornos de la atención y la falta de movimiento.
  • No pueden experimentar el riesgo. Al preguntarle: “¿Qué es el juego para un niño?”, la neuropsiquiatra infantil francesa Françoise Dolto contestó: “Diría que se trata de disfrutar del cumplimiento de un deseo a través de un riesgo”. La desaparición de la experiencia del riesgo de la vida infantil no está presente solo en el ámbito más evidente de las habilidades físicas y las experiencias concretas. Podemos encontrarla también en el desarrollo cognitivo, así como en el social y el emocional. Si no pueden experimentar el riesgo, cuando lo deseen y tengan la oportunidad, debido a la constante presencia de un adulto que vigila y controla, se acumularán un deseo y una necesidad cada vez más grandes que pueden ser satisfechas solo cuando tengan las llaves de casa o una moto. Se aplaza, pues, el problema a la adolescencia, pero con un peligro mucho mayor. La experiencia del acoso escolar, el abuso del alcohol y las drogas, una sexualidad precoz e incontrolada, los accidentes de moto y coche (en Italia, son la principal causa de muerte hasta los 26 años), los suicidios juveniles, creo que más que ser fenómenos y dramas de la adolescencia, son consecuencias inevitables de los errores educativos en el período infantil. Quien no ha podido montar en bicicleta y pelarse las rodillas de niño tiene más probabilidad de sufrir graves accidentes de moto cuando sea adolescente.

¿Cuánto cuesta a la escuela y a la ciudad la desaparición de la movilidad infantil?

Los mejores maestros, al inicio de la jornada escolar, suelen preguntar a sus alumnos si tienen algo interesante que contar. Pero casi siempre los niños dicen que no tienen nada que contar, porque no han podido vivir ninguna experiencia importante. Una buena escuela debería ofrecer a sus alumnas y alumnos la oportunidad de vivir experiencias de aventura, descubrimiento, juego libre, pues eso debería ser el alimento de la actividad escolar. Por eso los mejores maestros no mandan deberes, sino que animan a los padres a dejar más libres a sus hijos y piden a los administradores que actúen para que las ciudades sean más seguras y adecuadas al uso por parte de sus ciudadanos.

Así como los niños sufren profundamente la pérdida de la ciudad, de la misma manera la ciudad paga un alto precio por la pérdida de los niños. Las ciudades sin niños son peores. Si los niños están en casa o en los espacios dedicados a ellos y no los encontramos en las calles, las aceras, las plazas, nos sentimos libres de comportarnos como queramos, de ocupar todo el espacio, de usar sin criterio los medios de transporte privados, de contaminar el aire, de producir un ruido insoportable, de dañar los monumentos. Las calles serán más seguras y las ciudades más bellas cuando los niños puedan volver a ellas. Los niños representan el sistema de seguridad y de mejora ambiental más eficaz y económico.

Un conflicto nuevo

Siempre se han desarrollado conflictos alrededor de la infancia. El conflicto entre los niños y la escuela es histórico, siempre ha existido. También el conflicto entre los niños y los coches tiene orígenes antiguos, porque los coches crean peligro y el peligro crea miedo en los adultos, reduciendo la autonomía de los niños. Pero hoy en día registramos un conflicto nuevo, el que se desarrolla entre los niños y sus propios padres: los niños piden a la ciudad y a la escuela más libertad y más autonomía; los padres de estos mismos niños piden a la misma ciudad y a la misma escuela más control y más supervisión de sus hijos.

Ante este conflicto cada uno debe elegir un bando. Si estamos con los padres estamos sin duda en contra de los niños, porque tendremos que limitar aún más su autonomía. Pero si estamos con los niños no estamos en contra de los padres, porque al aumentar su autonomía aumentará también la de sus padres. Esta es una buena regla de la democracia y la justicia: cada vez que se favorece a los pequeños, a los últimos, nos enriquecemos todos. Esto lo entendí reflexionando sobre las batallas y victorias de las mujeres: cada una de sus conquistas ha sido un avance para la humanidad.

¿Con quién estamos nosotros? ¿Con quién está la escuela? ¿Con quién está la ciudad? ¿Con quién está el alcalde? ¿Con quién está la política?

Un nuevo artículo de la convención: Permiso para solir solos de casa

Un niño del Consejo de los Niños de Roma dijo a su alcalde: “Nosotros pedimos a esta ciudad el permiso para salir de casa”. Una propuesta singular, porque solo los padres pueden conceder o negar este permiso. Pero Federico sabe que si se lo pide a sus padres ellos le contestarán que no es posible porque la ciudad no lo permite; por eso se dirige al alcalde y le dice: “Entonces dame tú el permiso”. Federico y sus padres seguramente tienen una opinión similar sobre la ciudad, pero extraen conclusiones completamente distintas. Los padres dicen: “La ciudad es peligrosa, así que no puedes salir. Si tienes que salir te acompañamos, si es posible en coche”. Federico piensa: “La ciudad es peligrosa, así que hay que cambiarla”. Los padres están resignados, consideran el estado de las cosas como objetivo, independiente de su voluntad y su poder. Federico no puede resignarse, necesita su autonomía, por lo tanto, pide con decisión el cambio. Nos recuerda la frase de San Agustín: “La esperanza tiene dos hijas hermosas: la ira y la valentía. La ira por el estado de las cosas, la valentía para poder cambiarlas”.

La solicitud de Federico podría convertirse en un programa político para la ciudad: ¿qué podemos hacer para que las niñas y niños de la ciudad puedan salir de casa no acompañados por un adulto?

A la escuela vamos solos

Para favorecer la recuperación de la autonomía perdida, el proyecto La Ciudad de las Niñas y los Niños propone ir a la escuela a pie o en bicicleta a partir de los 6 años, sin un adulto que los acompañe. Es una experiencia difícil pero necesaria y posible. Una experiencia mucho más fuerte que Pedibus, donde se propone que los niños vayan acompañados por un monitor, lo que resulta más fácil pero no devuelve a los niños ningún nivel de autonomía y, de alguna manera, confirma la opinión que tienen los adultos de que los niños no pueden desplazarse solos. Nosotros preferimos proponer una experiencia difícil, que debe confrontarse con el miedo de las familias, que requiere una preparación adecuada, una apropiada acogida ambiental de los niños con la participación de distintos aliados y, desde luego, un importante esfuerzo de la escuela.

Es necesario prepararla adecuadamente, hablar con las familias, estudiar los recorridos con los niños, proponer mejoras a la Administración, pedir a los comerciantes (que trabajan en la calle) y a las personas mayores que colaboren. Será importante el estímulo de los pediatras. Si todos los protagonistas colaboran, los resultados serán positivos. El número de los niños autónomos crecerá sensiblemente y los efectos de su presencia en las calles serán sorprendentes: las calles serán más seguras no por el aumento de las medidas de protección (policía, cámaras, sistemas de alarma), sino porque aumentan la atención y la solidaridad entre los ciudadanos. Los niños se convierten en la preocupación de todos, y esto produce seguridad. Es evidente que la recuperación de la movilidad autónoma en el recorrido casa-escuela llevará a la recuperación de la autonomía durante la tarde y el fin de semana, en forma de experiencias de juego, de exploración y aventura con los amigos, pero también como posibilidad de ir solos a una tienda, a casa de la abuela o a la parroquia.

No dejamos que los niños salgan de casa solos porque las calles son inseguras, pero en realidad son inseguras porque en ellas no hay niños. Como documento que demuestra la validez de esta afirmación, solo en apariencia paradójica, consideremos la experiencia de Buenos Aires (Argentina). En el 2001, después de un episodio más de violencia contra los niños que iban a la escuela, en uno de los distritos periféricos de la ciudad la gente se rebela y se reúne para decidir cómo actuar. Rechazan solicitar una mayor presencia de la policía (pueden producirse tiroteos, con consecuencias imprevisibles) y eligen que los niños vayan solos a la escuela, tomando como referencia nuestro proyecto: La Ciudad de los Niños. Para realizarlo se pide la participación de los comerciantes y las personas mayores, sensibilizan a las escuelas y los barrios y llaman al proyecto Senderos Seguros hacia la Escuela. En el 2005, cuando la experiencia se había extendido a distintos distritos del Gran Buenos Aires y había llegado a la Capital Federal, el responsable de la seguridad de la ciudad, en una conferencia pública, afirmó que en los distritos que promovían esta experiencia ¡los actos de criminalidad urbana habían bajado un 50%!

Para saber más

Autoría compartida (2010). “Social Participation and Independent Mobility in Children: The Effects of Two Implementations of ‘We Go to School Alone”, en Journal of Prevention & Intervention in the Community, vol. 38, pp. 8-25.

Autoría compartida (2013). “A comparison study of children’s independent mobility in England and Australia”, en Children’s Geographies, vol. 11, pp. 461-475.

Román, Marta; Pernas, Begoña (2009). ¡Hagan sitio, por favor! La reintroducción de la infancia en la ciudad. Madrid: Organismo Autónomo de Parques Naturales.

Tonucci, Francesco (2015). La Ciudad de los Niños. Barcelona: Graó.

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