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El equilibrio en la inspección Educativa

Carmen Pellicer

Directora

Cuadernos de Pedagogía, Nº 494, Sección Editorial, Noviembre 2018, Editorial Wolters Kluwer

Tradicionalmente se ha entendido que la inspección educativa tiene cuatro roles fundamentales: La información, la supervisión, la evaluación y el asesoramiento. El equilibrio entre todas ellas no siempre es fácil.

En «el jefe infiltrado», un conocido programa de televisión, un cargo de la dirección de diferentes empresas se hace pasar por un trabajador de a pie, y durante unos días convive de incógnito con los compañeros para entender mejor el funcionamiento y reconocer a aquellos que merecen una recompensa… Durante la experiencia escuchan también críticas y opiniones sobre el trabajo de la dirección que ellos mismos desempeñan. Hace cuatro años empezábamos con un corte de youtube de esta serie una experiencia muy interesante con toda la inspección de Cantabria. Durante un año completo llevamos a cabo un programa ambicioso de formación para todos los inspectores que incluía desde explorar modelos de innovación y gestión del cambio de centros de dentro y fuera del aula, criterios de observación y evaluación del desempeño profesional, estándares docentes, coaching y mentoring pedagógico, porfolios y técnicas de entrevistas para el acompañamiento de la mejora, hasta experiencias prácticas de observación dentro del aula que realizamos en grupos pequeños en distintos centros de infantil, primaria y secundaria. En aquella primera sesión, que reconozco que me imponía bastante, les preguntaba qué pasaría si fueran los protagonistas y pudiéramos recrear la infiltración de cada uno de ellos dentro de un centro educativo, qué podrían ver como docentes de aula que se les escapaba en los despachos de la administración o cuando les recibían con honores y temores en sus visitas, y sobre todo, qué creían que pensaban los docentes de ellos en realidad y cuáles eran las claves de la imagen que el sistema educativo tiene de todos ellos, entre el desconocimiento, los prejuicios y estereotipos y la distancia que la fuerte burocratización ha impuesto en su día a día. En aquellos meses llegamos a crear una cálida cercanía y creo que todos aprendimos mucho, ¡ellos espero! Pero sobre todo, yo descubrí muchos de los valores, los desafíos y las posibilidades que una buena inspección puede aportar al sistema educativo.

Tradicionalmente se ha entendido que la inspección educativa tiene cuatro roles fundamentales: La información, la supervisión, la evaluación y el asesoramiento. El equilibrio entre todas ellas no siempre es fácil:

  • Padecemos del síndrome que los anglosajones bautizan como «DRIP, Data Rich, Information Poor», mucha cantidad de datos para una información muy pobre. Recopilar información sobre el funcionamiento de los centros y su eficacia en la implementación de las políticas educativas, requiere una presión importante hoy para los centros. La impresión es que se recogen muchísimos datos pero no siempre se vinculan al progreso y la toma de decisiones pertinente Las administraciones piden planes, medidas, protocolos, estudios, estadísticas pero hay claves que se les escapan… ¿Cómo recogen tantos números y valoran y contrastan los datos encarnándolos en tantas situaciones particulares que requieren análisis muy diferenciados?, ¿qué se debe aportar, qué se debe respetar, cuánta presión se debe ejercer, y con qué criterios se debe valorar esa información?
  • La función de supervisión debe «Evaluar como las macro-políticas se implementan en los micro-niveles» (1) y no al revés No se trata solo de ver si los centros cumplen las normas al pie de la letra sino especialmente si las normas son adecuadas para responder a las necesidades que tienen los centros y sobre todo de todas las excepciones que son necesarias para responder a cada uno de los alumnos. No es meramente el órgano que debe hacer cumplir la legislación, sino especialmente el que tiene y debe usar la potestad de saltársela para optimizar nuestra tarea educativa.
  • ¿Qué puede realmente evaluar la inspección? Si entendemos la evaluación como un verdadero acompañamiento en el camino de mejora de cada escuela, los focos de su mirada deben orientarse hacia los factores que garanticen una educación de calidad. En un estudio reciente sobre las mejores experiencias internacionales de inspección educativa, que ha analizado comparativamente seis modelos diferentes, Melanie Ehren (2) señala 12 aspectos fundamentales: La orientación al logro, el liderazgo educativo, la cooperación, cohesión y consenso entre los docentes, la calidad curricular y las oportunidades múltiples que se generan para aprender, el clima escolar, los procesos de evaluación y monitorización del aprendizaje, el compromiso parental, la gestión de aula, la calidad del tiempo eficaz de aprendizaje, los modelos de enseñanza estructurada, el aprendizaje independiente y la personalización del aprendizaje. Según el mismo estudio, la inspección educativa más eficaz es aquella que confía y estimula la autoevaluación del funcionamiento de los centros, participando en el diseño del marco de estándares que la haga eficiente y enfocando los procesos hacia la mejora interna y no hacia el control o los rankings.
  • Pero quizás la función hoy más exigente sea la del asesoramiento educativo a los centros, y a sus comunidades educativas. Las cosas no son nada fáciles en el día a día de una escuela, y necesitamos percibir a los inspectores como una ayuda y no como una amenaza ante los muchos desafíos que se nos presentan, entre los que destacamos algunos que creemos prioritarios: Cómo mantener el aprendizaje como centro de la innovación frente a la instrumentalización curricular que las pruebas externas propician; cómo responder a una diversidad cada vez más creciente y aliada con la discriminación y la injusticia social; cómo abordar las transiciones de etapa educativa y los riesgos que comportan para el incremento del fracaso escolar; cómo mantener la tensión de la excelencia educativa frente a las presiones conformistas del sistema; cómo respetar la autonomía de las escuelas frente a la presión homogeneizadora de las múltiples normativas; cómo seleccionar y apoyar a los equipos directivos y los líderes pedagógicos responsables de impulsar a los centros; cómo responder a las presiones que los cambios en las estructuras familiares y de socialización infantil imponen sobre los docentes y cómo inspirar y motivar a los profesionales cada vez más desafectos del sistema y así seguro que encontraremos en estas páginas muchos más.

Solía bromear con el hecho de que la tan manida Finlandia eliminó la inspección educativa a principios de los 90 como un gesto de confianza hacia su profesorado y sus equipos directivos, que gozan hoy de una envidiable autonomía. Pero aquellos meses en Santander cambiaron mi visión y me enseñaron a comprender cuál podría ser su papel como verdaderos agentes de cambio en el camino hacia la escuela que deseamos, y lo que supone gozar de buenos profesionales cuya autoridad esté al servicio de los mejores proyectos educativos, no para controlarlos sino para colaborar en que puedan hacerse posibles.

(1)

Swaeleha Sindhi, Can Inspection Improve Efficiency of the System of Education?

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(2)

Methods and Modalities of Effective School Inspections, Melanie C.M: Ehren, ed. Springer, 2106

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Mar|10/01/2019 9:17:17
Una visión valiente de la inspección, alejada del servilismo predominante.Notificar comentario inapropiado
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